Martes, 10 julio 2012
ESCRIBAMOS UN CUENTO JUNTOS... La nueva sección literaria de Castellón Diario

Rosario la de.....

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Pilar Saborit

Hola amig@s. Os propongo esto: que escribamos un cuento entre todos. Yo empezaré a contaros algo de un personaje, que puede o no ser el principal. Y luego os propongo 3 posibles continuaciones. Vosotros, me enviáis a mi correo (treballpilar@gmail.com), cuál es, de las 3, la que más os gusta y yo sigo la historia hasta que vuelvo a proponeros 3 posibles continuaciones más. Así hasta que decidamos finalizarlo. Quincenalmente, recibiréis una nueva entrega, la leeréis y votaréis una posible continuación y de esa manera, iremos viendo cómo evoluciona el cuento hasta que lo hayamos terminado. Será nuestro cuento, porque lo habremos escrito entre todos. También el título lo ponemos juntos. Yo os he propuesto el inicio de una frase, dejando la puerta abierta para que me enviéis propuestas las próximas semanas. Si queréis, voy acumulando vuestras ideas pero el título definitivo lo dejamos para el último día. Nos quedan tantas cosas y personajes por conocer del que será nuestro cuento que no tendría sentido ponerle un título ahora, ¿verdad?. Qué os parece?, ¿empezamos ya? Ahí va la primera entrega. Espero vuestra participación. Un saludo y gracias, compañeros de cuento.

Siempre decía, cuando se lo preguntaban, que era casi nunca, que su libro preferido era “Sostiene Pereira”, y no es que no fuera cierto que lo hubiera leído, que sí lo era, incluso le había gustado mucho, pero lo que de verdad se le había quedado incrustado en la memoria era la portada en tonos azules de aquella edición que cogió prestada de la biblioteca del instituto, junto con la grata sensación que le provocaba ser la única persona que nunca antes ni después lo había sacado de allí para llevárselo a casa. El dibujo, la silueta de un señor escribiendo a máquina en lo que debía de ser la oficina de un periódico (porque Pereira trabajaba para un diario, el “Lisboa”), estaba hecho con demasiado arte para ser nada más que la portada de un libro de bolsillo.


Aquel libro representaba para ella aquellas tardes de primavera en las que empezaban a desaparecer las chaquetas y los paraguas y sus compañeras de clase se traían la merienda al colegio porque al acabar las clases no se iban directamente a su casa, como en invierno, sino que se acompañaban unas a otras a dejar las mochilas y luego permanecían en el parque hasta que se hacía de noche. Lo hacía todo el mundo. Los niños pequeños jugaban a fútbol, las niñas a “goma”. Las adolescentes huían de los adolescentes que las perseguían y les insultaban haciéndose las ofendidas, y sin embargo, cuando alguna tarde los chicos no salían porque se iban a ver un partido o porque tenían Catecismo de Confirmación, por ejemplo, ellas se marchaban a casa pronto aburridas, cansadas de hablar siempre de lo mismo.


Todos y todas sabían quien gustaba a quien, quien rechazaba o perseguía o esperaba noticias de otro. Era como si el calor del sol hiciera brotar, además de las plantas, algo en la piel de la gente, o en sus cerebros. Como si de repente surgiera la idea de que la rutina del invierno era ya algo inservible, algo de lo que había que prescindir cuanto antes, para a partir de ese momento modificarla introduciendo una importante novedad: muchas cosas que hacer fuera de casa, con otras personas, y así retrasar un par de horas todas las tareas que durante los meses anteriores habían tenido un horario concreto. La sangre joven se revolucionaba en primavera, decían, y era cierto, porque también se alteraba la suya. La diferencia es que a ella no se le notaba por fuera más que en los granos que, antes que a nadie de su clase, le salieron por toda la cara.


Sin embargo, para Rosario sus costumbres apenas habían cambiado. En primavera tardaba un poco más en llegar a casa porque por el camino se entretenía en el parque curioseando entre los troncos para buscar nidos de estorninos. Aprovechaba que sus compañeras todavía no habían llegado allí a pasar la tarde porque prefería curiosear en solitario, eso le evitaba la tensión que le producía ser observada por las demás, que se divertían a su costa haciendo chistes sobre lo rara que era. De esa forma, muchas veces se cruzaba con ellas cuando estaba a punto de llegar a su casa mientras ellas se dirigían al parque en sentido contrario y se preguntaban, cuchicheando antes sus narices, de dónde vendría.


En su casa reinaba la paz del “esto se hace así porque así se hizo siempre”. Sus padres eran mayores y ni siquiera se planteaban que su hija adolescente pudiera tener otras necesidades más que las que ellos pudieran cubrir con sus enormes reservas de adoración incondicional. Ella se preguntaba si les parecería bien que de repente les pidiera permiso para salir después del colegio. Sospechaba que no sólo les parecería bien sino que se alegrarían al pensar que quizás tuviera alguna amiga con la que ir al parque. Así de ingenuos podían llegar a ser. Sin embargo, no se arriesgaría a preguntar nada de eso ya que no tenía ninguna intención de romper aquella vida que la mantenía en equilibrio consigo misma.


 Las clases acababan a las 5 y a las 6 había que ponerse a hacer los deberes después de merendar, y punto y final, la rutina también podía ser genial. A las 8 se duchaba y se ponía el pijama y a las 9 o 9 y media como mucho, ya estaba en la cama, leyendo. Sobre todo clásicos como Balzac o a Stendhal. Su padre, dueño de la farmacia del pueblo, presumía de ser el único licenciado de su quinta, ya que la posguerra no dio para muchas carreras en aquel pueblo. Un pueblo que, curiosamente, seguía siendo bastante pequeño a pesar de lo mucho que habían crecido los pueblos vecinos con la relativa prosperidad de los años 60. Le enorgullecía ser tenido por sus paisanos como uno de los personajes más sensatos y cultos del lugar, y apenas se relacionaba fuera de su establecimiento con sus vecinos o familiares. 


Sin embargo, aprovechaba cualquier excusa para invitar al médico o al director del colegio a su casa con el fin de mantener el sentimiento elitista que, al fin y al cabo, era lo que más apreciaba de todo lo que tenía.



Intentaba convencerse a sí mismo de que su hija había heredado su idolatría por los clásicos franceses del mismo modo que le había transmitido, sin duda alguna, su tendencia a comer más de lo necesario y a hacer menos ejercicio del recomendable. Sin embargo, por desgracia para él, su hija se parecía cada dí un poco más a su tía “la loca”, hermana de su madre, que acabó interna en una clínica lo suficientemente alejada como para que todo el mundo se olvidara de que alguna vez existió. De ella nunca se hablaba, al menos delante de él, lo que no hacía sino incrementar la curiosidad que Rosario inevitablemente habría de sentir por todo aquello de lo que sus padres intentaron apartarla.



Un martes de finales de abril, Rosario se encontró un papel dentro de su estuche. Estaba doblado tantas veces que cuando finalmente consiguió desplegarlo algunas palabras apenas podían leerse bien.


Continuaciones posibles:


a)      Era una especie de invitación a una fiesta de cumpleaños. Pensó que alguien quería gastarle una broma.

b)      Era un dibujo, como un símbolo extraño que no supo descifrar. Daba un poco de miedo.

c)      Era un documento oficial. Llevaba un sello, y por los datos que contenía, parecía una partida de nacimiento.

 

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4 Comentarios
LO BE
Fecha: Lunes, 16 julio 2012 a las 19:13
Era un dibujo, como un símbolo extraño que no supo descifrar. Daba un poco de miedo.....Ánimo!!
TEODORA
Fecha: Jueves, 12 julio 2012 a las 22:45
ERA UN DIBUJO....
Marivi
Fecha: Jueves, 12 julio 2012 a las 13:05
Me encanta la idea. Esta chica es un genio, premio planeta YA! jeje. Lo del título lo dejamos para más adelante...
Amparow
Fecha: Miércoles, 11 julio 2012 a las 01:05
Me gusta la idea podría ser rosario la de los berberechos pensaba cada mañana mientras desayunaba que hoy iba a ser el día...
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