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Luciano Ferrer Pons
Jueves, 19 enero 2017

¿Antropocentrismo?

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Desconozco cuántos de ustedes, queridos lectores, se habrán apercibido de que los lemas que lanzan todos los partidos políticos ruedan alrededor de lo que denominan personas. Los unos afirman “rescatar personas”, “salvar personas”. Los otros, fruto de esta aparente moda, se apuntan también al carro  y el PP lo ha traducido como “centrados en las personas”. Poner las personas, la persona en el centro, aparenta, trae inconscientemente aparejada la referencia al antropocentrismo. Si lo analizamos en profundidad, tomando como referencia sus realizaciones prácticas, sus promulgaciones de leyes y reglamentos, veremos que es al contrario. Sus lemas no hacen referencia al humanismo de tipo alguno.

 

            Antropocentrismo es situar al ser humano como medida de todas las cosas defendiendo que, éticamente, los intereses de los seres humanos son aquellos que deben recibir atención moral por encima de todas las cosas. El Hombre es el centro del Universo y el fin absoluto de la naturaleza. Se caracteriza por una confianza extrema en el hombre y por todo cuanto sea creación humana (artes, ciencia, razón) y una preocupación por la existencia terrena y los placeres que ofrece. El Hombre puede trazar su propio camino y ser quien quiere ser.

 

            Pero fíjense bien, presten mucha atención al juego de trileros y no se dejen engañar, su mente es manipulable si no están atentos. No citan al Hombre sino a una entelequia plural, una colectividad, las personas, empleada como eufemismo de esa masa que califican como Pueblo. No citan individualidades, no contemplan a cada uno sino al conjunto: A los hombres como seres sociales tal cual Marx lo consideraba, calificando el Humanismo Antropocentrista como una creación teologicorreligiosa indigna de todo crédito.

 

            Así, herencia del materialismo científico, aparece que en la década de los 70 el antropocentrismo viene a ser calificado como especismo, en contraposición con el denominado biocentrismo de donde derivan el sensocentrismo y el ecocentrismo.

 

            ¿Qué son todos estos “palabros”?, se preguntarán. Intentaré darles unas breves definiciones. Especismo consiste en la discriminación de aquellos que no son miembros de una cierta especie por el mero hecho de no serlo, es decir, no conceder derechos, negar el respeto por inmerecido, a los seres vivos miembros de otra especie. Dado que el antropocentrismo únicamente reconoce derechos al Hombre, a los miembros de la especie humana, es un especismo: Los humanos nos hemos autootorgado nuestros privilegios. Corolario de admitir la inexistencia de Dios aceptando los postulados marxistas.

 

            Biocentrismo, por contraposición al antropocentrismo, sería tomar en consideración que todo ser vivo, por el mero hecho de estar vivo, merece respeto moral, es digno de tener derechos, a no ser discriminado. La vida es el valor primordial. “La Tierra puede vivir sin las personas, pero las personas no pueden vivir sin la Tierra”.

 

            Avanzando un poco más, tenemos el sensocentrismo que afirma que todo ser con sistema nervioso siente y es merecedor de respeto moral. La capacidad de sentir abre paso a la consciencia, permitiendo experimentar sensaciones, emociones, sentimientos, y tener intereses (necesidades y deseos) lo cual implica valorar estos intereses de un individuo de manera igualitaria respecto a los intereses de los demás seres conscientes.

 

            Por último, el ecocentrismo surgió a finales del s. XX, en la convención de Sao Paulo, prácticamente con el concepto de desarrollo sostenible (sustentable). Corriente de pensamiento basada en que las acciones y los pensamientos del individuo se centran en el medio ambiente, en su cuidado y conservación y es, por tanto, profundamente antihumanista. Es el pensamiento característico del movimiento ecologista.

 

            ¿Entienden ya de qué va la cosa? ¿O aún no?

 

            La civilización humana fue fruto del descubrimiento de la agricultura y ganadería permitiendo el progreso y el avance de las poblaciones humanas, de todos y cada uno de los individuos, con mejor o peor fortuna a lo largo de la historia, ingeniando nuevas y mejores técnicas que permitieran un mayor bienestar. Éste es el delito del que se acusa al Hombre por parte de aquellos que piensan según lo anteriormente expuesto.

 

            Y este veneno, revestido por el hermoso frasco de la propaganda que todo lo embellece, ha sido subliminalmente introducido en nuestras mentes, interiorizado inconscientemente para que aceptemos un cambio en nuestro sistema de valores de tal forma que creamos a pies juntillas que el Hombre sobra en la Creación. El Hombre no es digno por el propio hecho de ser Hombre sino que, al contrario, no es merecedor de derecho alguno. Todos los humanos somos como el ganado, o si lo prefieren, el humano es un ganado más.

 

            Ya ven: “Con Dios: todo. Sin Dios: nada”.

 

 

Luciano Ferrer Pons

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