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Miércoles, 31 enero 2018

Lo que respiramos

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Siempre les he comentado lo que me sorprende cada día aquello que nos quieren vender en las noticias como si fuera cierto. La última barbaridad la escuché ayer en el “telediario” cuando afirmaron que el 4% de la población mundial muere por la mala calidad del aire que respiramos.

Si atendemos a la población mundial y la enorme cantidad de tierra que queda sin el desarrollo suficiente para contaminar su aire, da miedo pensar que al menos el 50% de la población de los países industrializados muere por lo que respira.

 

No se puede mentir tanto en una sola frase ni proponiéndoselo. Todo esto viene de la necesidad que tiene la industria del automóvil de vender los millones de vehículos híbridos y eléctricos que tienen pensado fabricar y para lo que ya están preparando sus cadenas de producción.

 

Ya nos anunciaron ayer que dentro de relativamente poco tiempo todos aquellos que no cuenten con alguna de las pegatinas ecológicas que distribuye la DGT no podrán circular por Madrid. También hace relativamente pocos años que rebajaron, premeditadamente, el precio del gasóleo para vender las ingentes cantidades de motores que ya estaban fabricando para ese combustible.

 

Ahora les ha dado por el automóvil para preparar el mercado a sus intereses.

 

No encontrarán jamás en prensa o televisión la tasa de mortalidad relativa a los insecticidas y pesticidas con que tratan la “mierda” que comemos a diario, la mala calidad del agua carísima que bebemos, las hormonas con que hacen crecer prematuramente a los animales que ponemos en nuestras mesas, los miles de millones de habitantes de nuestro planeta que viven por debajo del umbral de la pobreza, la precaria alimentación de las familias “mileuristas”, la falta de medicación de nuestros ancianos por su bajo poder adquisitivo, la insoportable presión fiscal que te deja a dieta de pan y agua, las ondas de todo tipo a las que nos someten las empresas de nuevas tecnologías, los colorantes y conservantes autorizados, los microondas, los recipientes metálicos o de plástico, los “aceites” de cualquier cosa, los edulcorantes, los vegetales transgénicos y, en general, todo aquello que nos venden con un registro de sanidad que sería prueba suficiente para meter en la cárcel a aquel que lo concede.

 

¿Qué comemos? La mayoría de la gente, lo más barato que encuentra. ¿Qué nos venden? Lo más barato de fabricar. ¿Cómo lo hacen barato? Con las materias primas menos recomendables.

 

Mientras esto ocurre los gobiernos siguen “bailando el agua” a las multinacionales automovilísticas para que puedan vender todos los vehículos eléctricos que se apresuran a fabricar. Además llenarán, de manera transitoria, los bolsillos del mundo árabe subiendo el precio de los combustibles hasta que usted tenga que comprarse un coche híbrido o eléctrico por cojones, no por necesidad.

 

Claro que hay que reducir las emisiones de CO2, pero ¿no sería bueno atajar también todo el fraude que nos venden a diario?

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