Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Joan Llopis Torres
Martes, 19 junio 2018

Cenar en el museo con Vargas Llosa / JOAN LLOPIS TORRES

Marcar como favorita

Para cuando al final de una comida en un restaurante adornado de lujos y cuadros caros, alfombras y personal dispuesto, donde los platos no tienen el color de las pinturas ni merecen cuchara, para resultar comer en un museo sin cocina, vale el recuerdo mal traído a la memoria y peor contado de lo que contó en su día José Miguel Oviedo, excusándose él de lo mismo para resultar contado maravillosamente y de primera mano, no siendo así en este escrito más que en el entrecomillado, en el que una sola frase merece el escrito y traer el texto: “Después de una cena en la lujosa mansión del coleccionista venezolano Inocente Palacios que nos invitó a una cena donde abundaban los calders, los matisses y los picassos. La cena estuvo precedida por interminables ruedas de whisky (para los venezolanos, esta es casi una bebida nacional y la consumen con fervor patriótico), otros finos licores y los más deliciosos bocaditos; creo que pasamos horas en ese caótico festín antes de sentarnos a la mesa. Recuerdo que entre los invitados estaba Germán Arciniegas; al saludarlo, Gabo (García Márquez) le dijo: “Tengo que darle un encargo de Marta Traba, pero en este momento no recuerdo qué era. Déjeme pensarlo un rato.” Gabo se acercó después a nosotros y nos hizo una confidencia: “Lo recordé más tarde, pero me di cuenta de que no podía decírselo a Arciniegas. El encargo de Marta Traba era: ‘Dile que es un hijo de puta’ (refiriéndose a Mario Vargas Llosa).” El sentencioso ingenio de Gabo (bromas hechas con frases inmortales) tuvo muchas ocasiones para exhibirse, pero hay una que se me quedó grabada para siempre en medio de esos días vertiginosos. Ocurrió en esa misma cena. Después del fastuoso despliegue de bebidas y entremeses, la cena misma no pudo ser más convencional y carente de imaginación –tal vez porque la cocinera titular estaba de salida o porque había una nueva–: ensalada de lechuga y tomate, pollo al horno con papas fritas, duraznos al jugo de lata. Cuando, ya a altas horas de la madrugada y medio cayéndonos por los tragos y la fatiga, nos despedíamos de los dueños de la casa, la suerte quiso que Gabo estuviese justo delante de mí, lo que me permitió escuchar lo que le decía a la señora Palacios: “Señora, sus cuadros han estado deliciosos.” (…)

 

Todo lo que venía de Cuba era visto como algo sospechoso o francamente subversivo. Así lo consideró el gobierno de Fernando Belaúnde, quien, uniéndose al rechazo continental del régimen cubano orquestado por Estados Unidos, cortó relaciones diplomáticas con la isla y prohibió los viajes a ese destino. Mi pasaporte tenía un gran matasellos cuadrado en que aparecían los nombres de los países prohibidos: Corea del Norte, Camboya, Vietnam, China, Cuba por supuesto y otros. “Cuba” se convirtió en una palabra maldita, que marcaba todas las diferencias en el vocabulario político. Hubo una especie de paranoia al respecto; recuerdo que las cajetillas de los populares cigarrillos Inca, que orgullosamente proclamaban en un membrete que estaban manufacturados con “rama de Cuba” –lo que era, por supuesto, falso–, desaparecieron y fueron reemplazadas por “tabacos selectos” o algo parecido, igualmente falso. Pero nada de eso nos detenía a los que por entonces sufríamos el espejismo de creer que la Revolución cubana era “humana” y distinta de las otras; por lo menos, en el campo estético nos parecía bastante liberal; al contrario, la prohibición de viajar allí, como de costumbre, estimulaba nuestra rebeldía y nuestra imaginación. México, siguiendo una pauta tradicional de su política exterior, fue el único país que se resistió a la proscripción y mantuvo relaciones con Cuba (hagamos referencia a  los expatriados republicanos a México, después de la guerra civil española)

 

Esa excepción era providencial porque se podía llegar a La Habana vía México, donde la oficina consular cubana convenientemente otorgaba visas en una hoja suelta para no mancillar nuestro pasaporte. Pero ese apoyo estratégico mexicano tenía sus límites: uno podía ir a la isla desde ese suelo amigo, pero no regresar a él, supuestamente con el contagioso virus cubano en la sangre o en la mente. Para volver al Perú había que dar una vuelta inmensa cuyo punto extremo era Praga. Laberintos o circuitos sinuosos de los tratos diplomáticos... Yo sabía todo eso gracias a amigos escritores y artistas que habían hecho el mismo periplo. El propio Mario me envió una larga carta en que –temiendo la censura peruana– hablaba entusiastamente de la necesidad de llegar a la tropical “Última Thule” y me estimulaba a viajar. Por eso, cuando recibí a fines de 1966 la invitación de Casa de las Américas como miembro de un jurado para uno de los premios que organizaba, acepté encantado, consciente de lo que eso significaba; además, con una generosidad infrecuente, me invitaban con mi esposa, que hasta entonces nunca había salido del Perú. Lo tomamos como una especie de luna de miel con elementos de aventura revolucionaria y desafío a todos los tropiezos. (…)

 

Los rasgos característicos de Gabo (“con un lenguaje habitado por el sol del Caribe”: Ricardo González Vigil:  "Vargas Llosa -siempre riguroso, afinado en la teorización, metódico en la polémica- y García Márquez -de humor explosivo y paradójico, de corrosiva inteligencia, furiosamente vital" ) eran su informalidad y sencillez, la forma precisa y franca de hablar, el escaso “intelectualismo” de su conversación, llena de frases e imágenes que eran como fulgurantes instantáneas de la realidad, síntesis verbales que resumen con gracia un antiguo saber (y sabor) popular (…) García Márquez dijo con sana envidia: “Pero es que Mario ya comenzó escribiendo bien, ya sabía cómo hacerlo; yo, en cambio, tuve que aprender durante años. Por eso solo ahora pude escribir Cien años de soledad.” Era muy campechano en su modo de vestir (…) y lo contrastó con el impecable aspecto de Vargas Llosa, siempre “perfectamente planchado”. En estos tiempos, los unía, además, la causa cubana, que defendían de modos distintos pero con el mismo entusiasmo. Luego, como todo el mundo sabe, las cosas serían muy distintas...”.

 

Convertido hoy Vargas Llosa en un radical nacionalista español, muy alejado siquiera de cualquier liberalismo sino partícipe de cualquier ideología que pueda ser asimilada, en Suramérica y en España, a las posiciones de la extrema derecha sociológica y a las clases acomodadas herederas del franquismo más rancio, podemos recordar, en medio de las celebraciones y los elogios, una de sus manifestaciones de aquellos años: “La sociedad trata de seducir al escritor haciendo de él un conformista o lo margina a un rincón muy oscuro de ella misma; pero no importa cómo, el escritor debe perseverar y ejercer su oficio de la única manera posible: como una diaria y furiosa inmolación”. “Y  definir las responsabilidades del escritor frente a su oficio y la historia de su tiempo, el texto debe considerarse también una sólida reafirmación de la literatura como una conducta, como un código moral que implica una renuncia a la actitud bohemia o amateur que arrastraba del pasado.” Un distinto concepto había sido redefinido: la profesionalidad literaria.

 

““Los cubanos, quizás a través de Carpentier, le hicieron una insólita propuesta: la de anunciar públicamente que entregaba el dinero íntegro del Nobel a la causa de la revolución en América Latina, con el compromiso de la dirigencia cubana de darle el mismo dinero en una operación privada. Con la sospecha que la propuesta debió haber incomodado a Mario por el doble juego que implicaba; rechazó la oferta aunque sin hacer escándalo. ¿Habrá comenzado allí mismo su malestar con la política cultural cubana?” ¿O quizás lo descubrió todo en un día? Con el dolor de cabeza de no saber nunca ya Vargas Llosa adónde ir a poner sus huevos, pareciera ir perdido y alejado, en la nueva, de su Casa Verde en su nuevo camino a todas las academias y con número, hasta llegar, desde aquella decisión profesional a los extremos actuales y resurgir en propagandas que entonces rechazó, ahora en las unionistas españolas con mimbres totalitarios: “el separatismo catalán no conseguirá romper la unidad de España que tantos años costo forjar”, para, al mismo tiempo, de ahí la incongruencia, viajar a Lima para celebrar la Independencia peruana. Lo que no se entendería, si no fuera que cuanto más gorda y vociferando la dices contra Cataluña, más premios te dan. Cuando más te pareces a los monos y en sentido inverso a la evolución humana, pues toda gramática apunta a la comprensión, lejos de los caminos de la democracia por donde transcurren las libertades, con autoritarismos y posiciones de dominio de unos sobre otros, más te reconocen los méritos. Alejado Vargas Llosa de aquellos años sesenta y encrucijada del Nobel, habiendo sido su discurso al recibir el premio, aun con las incertidumbres y dudas de aquellos días, calificado de "perfecto" por García Márquez, para transcurrir posteriormente, ahora, su discurso personal, quizás con cenas en museos con cocina, a que nuevamente recordemos el recado, aquél que con pesadumbre el mismo García Márquez no quiso recordar durante un rato: "dile que es un hijo de puta".

 

 Contaba García Márquez que en un pueblo colombiano, una mujer se levantó después de haber tenido un tormentoso sueño y dijo: “Hoy va a ocurrir algo terrible en este pueblo.” Su madre la escucha y repite lo mismo en el círculo de sus amigas. Un hombre, que las ha escuchado, va al billar y reitera el vaticinio: “Hoy va a ocurrir algo terrible en el pueblo.” El cura, el barbero, el policía también dicen: “Algo terrible...” Los chicos del barrio repiten la frase hasta que todos la conocen. Al caer la tarde, la mujer que tuvo el sueño ve desfilar ante su casa una interminable procesión de gente que abandona el pueblo ante el temor de lo que pueda ocurrir. La mujer confirmó: “Yo sabía que algo terrible iba a pasar en el pueblo”. Vargas Llosa viene a ser la mujer del cuento, el triste propagandista del cuento de García Márquez y agorero, ahora convertido en paradoja con nuevo protagonista. El relato no es parte de Cien años..., pero parece contener su realidad y su magia.

 

 

Joan Llopis

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Castellón Diario • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados