A cara descubierta

Aunque no he tenido nunca un diario, la idea de escribir en un blog siempre (bueno, entendiendo “siempre” desde el inicio de la era digital moderna) me ha atraído, pero nunca me he decidido a dar el paso.

 

¿Qué por qué no lo he creado? No sé, diferentes razones, algunas de peso, otras ligeras, han estado ahí como una barrera. Pereza algunas veces, poco convencimiento otras, timidez por mostrarme públicamente las más. En ocasiones, tras rutas por la montaña, un poco más lanzada: tú escribes y yo pongo las fotos. Pero al final, nada.

También la tecnología ha influido. Si ni siquiera sé hacer privada alguna cuenta de redes sociales, ¿cómo voy a poder gestionar la publicidad (referida tanto a anuncios como a hacer público o no mi espacio en la red) de este orbe que se me abre?

Eso por una parte. Por otra, ¿de qué iba a hablar en mi blog? Serían cosas muy mundanas. Y eso no interesa. Para lo de andar por casa, ya vamos servidos, cada uno con lo nuestro. ¿Por qué entrar en un blog en que se habla de nada? Pues eso.

Pero resulta que desde esta pequeña ventana al mundo en la que estoy recién aterrizada, puedo hacer algo parecido, puedo asomarme, puedo llenar un espacio (virtual) y vaciar otro (mis impresiones; más que impresiones son pensamientos que vuelco ante el ordenador y el documento en blanco que me he propuesto llenar).

Me ha salido caro, metafóricamente, claro. Ha supuesto que tenga que escribir a cara descubierta, así, con foto, nombre y todo, del tirón. Tampoco me quejo, la verdad; debe ser que se va perdiendo el miedo, la vergüenza y otras capas que utilizamos a lo largo de los años y durante diferentes épocas. Capas que, por otra parte, tampoco deberían permitir que, amparados en el anonimato que ofrecen los nicks,hashtags (rectifico: los motes, sobrenombres o alias, y las etiquetas, respectivamente) que tanto se utilizan en redes sociales, se pueda incurrir en faltar al respeto. Eso es de una cobardía suprema.

Esas críticas tan feroces, tan gratuitas, esa aversión en algunos casos, ¿realmente lleva a algún sitio? ¿Vale la pena odiar y generar tanto odio?

Bien está que se pueda opinar de todo, sí, hasta ahí sí, pero se puede hacer con respeto, sin anteponer nuestras ideas a las de los demás. Todas las opiniones son igual de válidas, y sí, podemos estar equivocados, por supuesto, pero como respetables, lo son todas por igual. ¿Y la crispación? Pues te la guardas, o respetas crispado, no hay más.

Elena Rodríguez

Doscente discente