Carta al marido de una mujer con velo

Sal de detrás de la cortina.

 

Cuando las imágenes de televisión y la reacción comprometida de muchas amigas, que mostraron su indignación en las redes sociales coreando “Bella Ciao”, la canción popular italiana adoptada como himno de la resistencia antifascista, dispararon en mis intestinos el impulso de escribir sobre el significado del yihab —el velo con el que las mujeres iraníes y de otros muchos países islámicos se cubren el cabello—, pensé en hacerlo mediante una carta dirigida a esas mujeres oprimidas. Pero enseguida me di cuenta que era a sus tutores masculinos a quienes debía dirigir mis reflexiones:

Tú que eres padre, marido o hermano de una mujer con velo, ¿qué significa ella para ti?

Tal vez seas de los que todavía piensan que la mujer es un ser con un valor inferior al hombre. No hace mucho tiempo en el que, en Irán, la indemnización económica por atropellar a una mujer era menor a la de atropellar a un hombre. Si piensas de esta manera, esta carta no es para ti. Sería inútil el tiempo invertido en alguien que acepta que los preceptos religiosos, la cultura patriarcal y el régimen teocrático son más importantes que la felicidad de su hermana, su hija o su esposa. Quizás participaste en la revolución de 1979 que derrocó al sha Reza Pahlevi para instaurar la República Islamista y, con ella, el sinfín de prohibiciones y represiones para las mujeres. O quizás eres más joven, te has tragado, sin masticar, esa injusta creencia machista y, desde una posición cómoda y egoísta, no te planteas otro escenario.

Si, por el contrario, eres uno de los hombres que han acompañado a las mujeres durante las manifestaciones de estas pasadas semanas en las que se han quemado velos al grito de “muerte al dictador”, tras el asesinato por parte de la llamada Policía de la Moral de la joven kurda de 22 años, Mahsa Amini, esta carta es para ti.

Porque creo que la llave para terminar con la sinrazón está en todos los hombres que tenéis un concepto distinto de la mujer: los que habéis salido a las calles y los que, detrás de una ventana, no os habéis atrevido a hacerlo. Mahsa fue arrestada y, supuestamente, golpeada en la comisaría. Aunque el presidente Ebrahim Raisi, hombre de confianza del Ayatollah Jhameini, líder supremo religioso, dice haber abierto una investigación para saber lo que ocurrió en aquella comisaría, todos intuimos que no se sabrá cómo murió porque no hay ningún interés por cambiar las cosas desde el Estado autocrático, un Gobierno que fundamenta sus políticas en una interesada interpretación de las doctrinas coránicas. Esa esperpéntica rama de la Policía que en las plazas y bocas del metro de las ciudades vigila que las mujeres vayan ataviadas según determinan las irracionales normas religiosas, fue creada por el Régimen y será defendida por él porque es mediante la represión y el terror como consigue aplacar la ira y la indignación de la sociedad civil.

Mahsa podría haber sido tu hija, tu novia o tu hermana. No cometió más pecado que llevar un poco suelto su velo. Ese insignificante detalle ha terminado con su vida. Su muerte ha conseguido que, una vez más, despierte esa parte reprimida de la sociedad, que es nada menos que la mitad, la parte femenina. Y, con ella, muchos hombres que, como tú, entendéis realmente el significado de la palabra humanidad.

En esta ocasión la cólera del pueblo ha sido notable. En todas las ciudades del país se han llenado las calles de protestas. Es admirable vuestra valentía. Os jugáis muchos años de cárcel, la reprobación de los estamentos más conservadores y, sobre todo, también os jugáis la vida. De hecho, ya se habla de casi un centenar de muertos durante las revueltas, aunque el Gobierno contemple cifras mucho menores. El feminismo en los países islámicos es una actividad de alto riesgo.

Y estáis solas y solos. Los organismos internacionales y los mandatarios occidentales no harán nada, como siempre. Los intereses geopolíticos y económicos prevalecerán una vez más, eso sí, con nauseabunda hipocresía.

Tú sabes que la mujer debe ser soberana para decidir cómo vestir y cómo vivir su vida, aunque en los escritos legales se refleje su condición de tutelada, como si fuera toda su vida menor de edad. Tú sabes que debe tener derecho a elegir marido, a que se respete su sexualidad, a que no sea víctima de abusos y violaciones, a divorciarse sin tener que justificar una causa grave. Debe contar absolutamente con los mismos derechos que los hombres.

Irán está sumida en una crisis económica. Vuestro futuro, el de la gente joven, especialmente de las chicas, es tan oscuro como las barbas de los mulás, vuestros líderes religiosos chiíes. El descontento social viene de lejos y se ha incrementado tras la llegada al poder de Raisi. El paro está desbocado, la moneda iraní muy devaluada y los jóvenes, incluso los universitarios, estáis a punto de perder la esperanza. En una situación todavía más delicada están las minorías étnicas, como la kurda, a la que pertenecía Amini.

Que la muerte de Mahsa sirva, el menos, para que renazca la lucha, porque solo desde dentro se puede cambiar la situación de la mujer en Irán y en otros países teocráticos. Y tu papel, hombre musulmán, es fundamental, necesario para conseguirlo. Valoro tu valentía si ya estás en la calle con una pancarta en la mano y, si estás detrás de una cortina, te animo a que cruces el umbral de la dignidad y de las solidaridad y no cejes en el propósito de convertir tu sociedad en un lugar en el que el amor prevalezca sobre las escrituras, por muy sagradas que sean.

Vicent Gascó
Escritor y docente.