Carta de Mons. López Llorente sobre las personas sin hogar

Personas sin hogar

Queridos diocesanos:

            Este domingo, 27 de octubre, celebraremos la Jornada dedicada a las personas sin hogar, bajo el lema “Ponle cara”. Porque estas personas tienen un nombre y un rosto propio; no es un mero fenómeno sociológico, el llamado ‘sinhoragismo’. Estas personas no nos pueden ser indiferentes. Como tú y como yo, tienen la dignidad propia e inalienable de hijos o hijas de Dios. Por ello las personas sin hogar nos interpelan a todos y cada uno personalmente, como cristianos y como ciudadanos, como comunidad cristiana y como sociedad. De ahí la pregunta permanente de la campaña: “¿Y tú qué dices? Di basta. Nadie sin Hogar”.
Se estima que sólo en España 40.000 personas sin hogar son acompañadas por Cáritas española; muchas de ellas están entre nosotros. Los cristianos no podemos ignorarlas, cuando sabemos bien que el hogar es una condición necesaria para que el hombre o la mujer pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar y educarse, para que los hombres puedan constituir esa unión más profunda y más fundamental que se llama ‘familia’. No tener hogar es más que no tener una casa una vivienda digna; implica también verse privado de cosas fundamentales para el desarrollo y el bienestar de todo ser humano como las relaciones personales, el sentido vital, el acceso a derechos fundamentales como la atención sanitaria y otros.

            Son muchas las causas que intervienen para que una persona no tenga hogar. Cada una tiene su propia historia. Sin embargo, hay algunas causas que aparecen en los procesos de la mayoría de estas personas, como son la falta de recursos económicos y de ayudas sociales o la falta de un trabajo digno; a veces son circunstancias personales como la enfermedad, las adicciones, las relaciones familiares rotas o los hábitos; otras veces tienen que ver con la soledad; y al final, con la ausencia de acceso al derecho a una vivienda. Los que no tienen hogar constituyen una categoría de pobres todavía más pobres, a quienes debemos ayudar, convencidos de que una casa es mucho más que un simple techo, y que allí donde el hombre realiza y vive su propia vida, construye también, de alguna manera, su identidad más profunda y sus relaciones con los otros.

            Varios documentos de carácter internacional afirman claramente entre otros derechos propios de la persona humana, el derecho a la vivienda. La misma Constitución española declara “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” y que “los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación” (art. 47). Ahora bien, estas formulaciones jurídicas tratan de expresar la verdadera dimensión de la carencia de vivienda. No es sólo un hecho de carencia o privación. Es la carencia o privación de algo debido y, por consiguiente se trata de una injusticia cuando una persona sin culpa suya directa carece de una vivienda.

            Por su parte la Iglesia, que siempre ha estado cerca de los que sufren, de los pobres y los empobrecidos, porque ellos son los preferidos de su Señor, también se ha manifestado reiteradamente a este respecto, abogando por el derecho a la vivienda digna: es exigencia del bien común y del derecho a disfrutar de los bienes de la tierra justamente distribuidos como consecuencia del destino universal de los mismos.

La Iglesia, participando “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (GS 1), considera grave deber suyo asociarse a cuántos operan con dedicación y desinterés para que las personas sin hogar encuentren soluciones concretas y urgentes.

            Para todo cristiano y la Iglesia, la realidad de las personas sin hogar es un llamamiento a la conciencia y una exigencia a poner remedio. En cada persona que carece de hogar, el cristiano debe identificar al mismo Cristo: “fui forastero y no me hospedasteis; estuve desnudo y no me vestisteis” (Mt 25, 43). En estas palabras se puede ver justamente, en cierto modo, la situación real de las personas sin hogar, en los cuales es necesario identificar al Señor.

            Trabajemos unidos como sociedad y como comunidad cristiana, en la solución y la prevención del problema. Es posible y urgente acabar con estas situaciones de vulneración de derechos, de sufrimiento, de vivir en la calle, de inseguridad, de no poder acceder a una vivienda y, en definitiva, de no tener hogar.

            Con mi afecto y bendición,

            X Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

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