Carta del Obispo, Casimiro López Llorente. para este domingo

La alegría cristiana

Todos tenemos sed de alegría y de felicidad, un deseo inscrito en el corazón humano. Hemos sido creados para ser dichosos y felices: es el proyecto creador y salvador de Dios.

Sin embargo, vivimos en un mundo escaso de alegría. El dinero, el confort, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación. La sociedad tecnológica con sus avances no engendra verdadera alegría.

A la vez, el mundo se ve acosado por muchos problemas, el futuro está gravado por incógnitas y temores; no faltan dificultades personales y sociales, contrariedades y sufrimientos en la vida; muchos sienten la soledad, sufren el abandono o quedan descartados; la enfermedad toca a nuestra puerta y la muerte aparece entre los nuestros.

            La Palabra de Dios nos invita a “alegrarnos en el Señor” (Flp 4,4), a vivir “alegres en la esperanza” (Rom 12,12), a no dejarnos contagiar por la tristeza y a esperar la alegría plena y eterna. En medio de las dificultades actuales tenemos necesidad de conocer, vivir y ofrecer la alegría que brota de la fe y de la esperanza cristianas. Hemos valorar y disfrutar las múltiples alegrías humanas que Dios pone en nuestro camino; la alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Pero la fuente de la verdadera alegría está en el encuentro o reencuentro con el amor salvador de Dios en Cristo resucitado. Como nos dice el papa Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

            La alegría cristiana es un don del Espíritu Santo. No es la alegria propia del optimista o el gozo por una meta lograda. No se asemeja a un estado artificial y eufórico. La alegría producida por el Espíritu Santo es diferente; despierta en nuestro interior la certeza y la confianza de que Dios nos ama personalmente y para siempre, y el deseo de corresponder a su amor. Se trata de una alegría serena, silenciosa, profunda y permanente, que llena la vida de paz y de sosiego. Es la certeza de quien, aún en la mayor dificultad, en la enfermedad y en la muerte, se sabe siempre e infinitamente amado y nunca abandonado, por Dios en su Hijo, Jesucristo.

            La alegría cristiana no está reñida con el sufrimiento, que subsiste en la existencia cristiana (cf. 2 Cor 1,3-5). Es, finalmente, esencialmente apostólica y comunicativa; tiende a desplegarse en una vida activa y necesita transmitir a los demás el contenido y el motivo de su vivencia interior.

XCasimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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