Carta del Obispo de Segorbe-Castellón, D. Casimiro López Llorente, de este domingo.

Alivio en el dolor y en el duelo

Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia. Así lo quiso san Juan Pablo II el año 2000 como “invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”. Ante la actual pandemia, estas palabras fueron proféticas.

La misericordia es el nombre del amor divino en su aspecto más profundo, en su infinita capacidad de perdonar y en su disposición permanente para aliviar cualquier necesidad. Dios es amor, y crea al ser humano por amor y para la vida en plenitud; es un  amor eternamente fiel, que ama a su criatura incluso cuando se aleja de su Creador, sale a su encuentro y la espera pacientemente para darle su perdón; es un amor compasivo, entrañable como el de una madre, que se compadece ante todo sufrimiento humano.

Así se ha manifestado Dios en la historia del Pueblo de Israel y lo ha hecho de modo definitivo en su Hijo, Jesucristo. Él es la misericordia de Dios encarnada: habla con palabras de misericordia, contempla con ojos misericordiosos, actúa y cura movido por la compasión hacia los necesitados, los desheredados, los abatidos y los enfermos en el alma y en el cuerpo. La Pascua de Jesús es la manifestación suprema de la misericordia divina. Por amor a Dios y al ser humano, Cristo se ofrece en la Cruz al Padre para la redención de los pecados; el Padre acoge y acepta la ofrenda de su Hijo y lo resucita, en la carne, a la vida gloriosa; Cristo resucitado envía el Espíritu Santo, para que la vida nueva del Resucitado llegue a todo el que crea en Él.

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118, 1). Esta es la gran Noticia de Pascua. Jesús mismo confía su anuncio a los Apóstoles: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20, 21-23). Antes de pronunciar estas palabras, Jesús señala la herida de la pasión en su corazón, la fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad.

            Quien recibe de Dios misericordia, está llamado ser misericordioso como el Padre (cf. Lc 6, 36). La misericordia es también consolación. “Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 40,1). Estas palabras tienen una vigencia especial en la actual pandemia para que el consuelo y la esperanza lleguen a todos. Tampoco en la actual tribulación debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su consuelo se ha de expresar en especial en nuestra cercanía y apoyo a los enfermos y a los familiares de los fallecidos que pasan por momentos de especial dolor y aflicción. Enjugar sus lágrimas es un modo concreto de aliviarles en el duelo. Con ellos hacemos duelo, porque también estamos de luto.

XCasimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Deja un comentario