Carta dominical de D. Casimiro López Llorente

Dedicada a la conmemoración de los fieles difuntos.

Orar por los difuntos

En estos días acudimos a los cementerios para recordar con cariño a nuestros difuntos. Este año, debido a la pandemia del Covid-19, en nuestra visita a los cementerios, tendremos que observar las medidas establecidas para evitar los contagios.

En cualquier caso, en los cementerios, en las parroquias o en casa, no podemos descuidar nuestra oración por nuestros seres queridos, ya difuntos. “Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados”, leemos en el libro de los Macabeos (2 Mc 2,12). Siguiendo esta recomendación, “la Iglesia peregrina desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor” (Catecismo n. 958).

Los sufragios (oraciones, sacrificios, actos de caridad y de misericordia, y en particular la santa Misa, ofrecida por ellos) son la súplica insistente a Dios para que tenga misericordia de los fieles difuntos, los purifique con el fuego de su caridad y los introduzca en el Reino de la luz y de la vida. Los sufragios por los difuntos son una expresión viva de la fe en la comunión de los santos, como confesamos en el Credo; una comunión que comienza en el bautismo y no borra ni tan siquiera la muerte. Al orar por los difuntos hacemos profesión de nuestra fe en la vida eterna, de nuestra esperanza en un futuro reencuentro con ellos junto al Padre Dios y de nuestra confianza en la misericordia de Dios para que quienes han muerto sean purificados de sus faltas.

Hay hermanos nuestros que han partido ya de este mundo, pero todavía no disfrutan a plena luz de la gloria de Dios. Quienes mueren en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados de la suciedad que han dejado en su alma los pecados cometidos en esta vida, han de pasar por una purificación ante Dios a fin de obtener la santidad necesaria. Dicha purificación comporta dolor y alegría. Dolor porque quema lo impuro que hay en ellos, y alegría porque sabemos que van a ser totalmente de Dios. San Agustín recoge en Las Confesiones (IX, 11) las palabras de su madre, Santa Mónica, en el lecho de muerte: “Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor”. Oremos por nuestros difuntos.

XCasimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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