De bares por Apapa, Don Miguel

Tengo aquí en Lagos un amigo turco. Los técnicos y la dirección de la factoría donde trabaja son turcos, el resto en su totalidad son nigerianos. Él no habla inglés y yo no hablo turco. Hace ya tiempo le expliqué la Cuestión catalana y lo entendió perfectamente, aunque no sé en qué idioma. Lo entendió, pues me decía que sí, que sí, muy serio y repetidamente. Como es muy amable y asiente a todo, nunca tenemos problemas. También hace tiempo, a una chica que hacía la calle la instaló en un camastro en alguna parte de la fábrica que les hacía de vivienda.  Hay que decir que aquí la noche es peligrosa aunque seas sargento de artillería. La chica, hoy es una señora tan respetable como ciertamente lo era entonces. Seguro que si un día quiere, tendrá muchas cosas interesantes que contar, aunque, no sé porqué, esas cosas no se cuentan. No se cuentan las que son vitales –si son de uno mismo y por lo tanto propias, y menos –o más-  en el caso de que sean paradójicamente impropias. Finalmente alquilaron una pieza en los apartamentos donde vivo y tenemos mucho trato. Me invita a café hirviendo. Ayer les nació una hija. Ahora está preocupado porque tiene que compartir el salario con la familia de aquí y con otra que tiene en Turquía. Yo, experto en penurias, le digo que no se preocupe que ya verás como todo se arregla, pero que algún día tendrá que aprender a decir que no o ganar el doble, o también que puede leerse cien veces La Introducción a la Vida Devota, preferentemente la de Quevedo a la de San Francisco de Sales. Él me dice muy serio y repetidamente, que sí. Creo que no es muy religioso, más bien me parece una buena persona al que la vida ha vuelto un escéptico de esos que creen que con la muerte se acaban los problemas. La muerte son todos los problemas a la  vez y para toda la vida. Se lo diré algún día. No creo que me cite a Manrique: “Acordaos cómo no muestro el medio mal que he pasado por ser bueno”. Nos entendemos a la perfección, así nos hemos hecho ‘unos amigos entrañables’, que suena a novela de John le Carré. Ella, comprensiblemente a mi entender, aunque equivocadamente, es una mujer más reservada. De hecho, medio mundo habla inglés y con los ingleses no se entiende nadie. Son unos invertidos. No lo digo en el plano sexual, ¡Dios me libre!, sino en todos los sentidos. ¡Mira tú, con el brexit catalán no pediríamos ninguna demora ni tanta historia! Y ya ves. Ya ves. Hay que echar en este momento un trago de algo fuerte.

Pues el origen de todos los males y el objeto de crítica de la mayoría de las conductas es la pobreza. Ahora de bolsillo, aunque ésa, si no te pillan, con atracar un banco tiene cura; ahora la intelectual y de altura de miras, que esta otra, salvo milagro, como andar en las aguas, es para toda la vida. Cuando se prohibió la esclavitud, ese atajo no condujo a ninguna parte, debería haberse abolido el meollo de la cuestión, la miseria, esa que, sin querer ser melindroso, se ve en los niños que no ríen. De ahí la reivindicación de, por vía natural, heredar acumulados los conocimientos de nuestros antepasados, no sólo la especie y sus características, así, con una y otra, seríamos todos sabios y ricos. A los cuatro burros que quedaran, esos con esas ambiciones políticas, esos mediocres irreductibles cuyo discurso es la patria sin importarles nada la gente, con prohibirles la entrada a los bares decentes a los que va la gente cabreada a tomarse un vino o cuatro cañas, arreglado. Esos que se vayan a la cafetería del Corte Inglés.

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