De tal palo, tal astilla (III)

Luis Andrés Cisneros

Siguiendo con la dinastía borbónica, vamos a centrarnos en la figura de D. Juan, «el Rey que nunca reinó». Cuando nació en 1913 en el palacio de La Granja, tenía por delante dos hermanos mayores, Alfonso Pío y Jaime, pero pasó por delante de ellos en la sucesión.

El primero de ellos, se casó con una cubana plebeya, lo cual aprovechó su padre para que renunciara a sus derechos, Alfonso XIII consideró que era el momento para descabalgarlo, ya que su hijo padecía hemofilia, patología heredada la familia de su madre y, Jaime, el otro hermano, se quedó sordo por una operación que tuvo cuando sólo tenía cuatro años, lo que aprovechó su padre para hacerle renunciar a la Corona.

Sólo quedaba Juan de Borbón, que en 1933 fue nombrado heredero por su padre mientras estaba alistado en la Armada británica. Dos años después, se casó con su prima tercera, la princesa María de las Mercedes de Borbón y Orléans, empezando un viaje de novios que duró seis meses. Como cualquier hijo de vecino.

Desde su exilio en Lausana y una vez comenzado el Alzamiento Nacional, se quiso unir a las tropas del general Mola, pero no fue admitido y, posteriormente, en escrito dirigido al General Franco, pidió incorporarse al crucero Canarias, pero también fue rechazada su solicitud.

Por si alguien duda de su simpatía por el bando nacional, a principios de abril de 1939, mandaba el siguiente escrito al Generalísimo: «Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V. E. por la liberación de la capital de España. La sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España, Una, Grande y Libre. ¡Arriba España! Juan de Borbón.».

Cuando, en 1941, se hizo oficial la abdicación de Alfonso XIII en D. Juan, volvió a manifestar su implicación con lo que denominaba «Gran Cruzada Nacional» e incluso envió una delegación a Berlín para buscar el apoyo de Hitler en su vuelta al trono.

Conforme fue avanzando la guerra mundial, se volvió hacia Inglaterra para buscar el apoyo de los británicos, o de quien hiciera falta para volver a ser Rey. Cómo diría Groucho Marx: «estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros».

Tras sus múltiples intentos de desprestigiar al régimen de Franco y buscar apoyos por todos los sitios para derrocar al General y tras su ruptura con el Generalísimo, en agosto de 1948, D. Juan y Franco se entrevistaron en el yate Azor y acordaron que su hijo, Juan Carlos de Borbón, se educaría en España bajo la tutela del Generalísimo, lo que daría paso a su designación como futuro Rey de España.

          Sorprende que, tras el salto por parte del General Franco del orden sucesorio y con lo que había luchado Juan de Borbón para recuperar el trono de España, se conformara con ser eliminado de sus derechos y admitiera esa decisión.

          Cabe pensar que, en dicha transacción tuvo que haber múltiples acuerdos e intereses ocultos. Se ignoran dichos puntos del acuerdo entre Franco y D. Juan. Haberlos seguro que los hay, imaginamos que dentro de algunos años podrán salir a la luz.

          De lo que no cabe ninguna duda es que, al actual Rey emérito, no le supuso ningún problema saltar por encima de los derechos de su padre, por eso no debe de extrañarle que años después su hijo, el actual monarca, no haya tenido ningún cargo de conciencia en desprenderse de su padre y así, desterrarlo fuera de España. Se confirma el refrán «de tal palo, tal astilla».

Aunque ya entraremos en harina con respecto a «El Campechano» en el siguiente capítulo, sería interesante recordar que, según la tradición borbónica, Juan Carlos I no podía ser nombrado Rey hasta que Juan de Borbón no abdicara en su persona.

Dicha abdicación tuvo lugar el 14 de mayo 1977 pero Juan Carlos I ya había sido proclamado oficialmente Rey el 22 de noviembre de 1975, o sea, había transcurrido ya casi un año y medio. Pero a ninguno de los dos les importó este hecho. Ya se sabe «de tal palo tal estilla». Se puede imaginar que habrán tenido importantes  y jugosas compensaciones.

Seguiremos con las excelencias y virtudes de esta francesa dinastía.

          Y hoy más que nunca, acabemos con las autonomías antes de que ellas acaben con nosotros.

Luis Andrés Cisneros