De tal palo, tal astilla (V)

Luis Andrés Cisneros

Empezaremos este quinto capítulo de la dinastía Borbón, en Grecia, donde el rey de aquel país, Constantino I, casualmente hermano de la entonces princesa de España, Sofía de Grecia, protagonizó en 1967 un rocambolesco golpe de estado.

El rey subió al poder en 1964, en un momento de inestabilidad política en el país heleno y al poco tiempo afrontó lo que se denominó «el golpe de los coroneles». En un principio Constantino, se opuso, luego lo apoyó y ocho meses después, en diciembre de ese mismo año de 1967, pretendió dar un golpe contra la Junta Militar.

Este intento fracasó y el monarca heleno, antes de ser detenido, huyó a Roma con su familia y el primer ministro. La Monarquía había caído en desgracia y en un posterior referéndum los griegos renunciaron a tener a un rey que regentara su país.

Pero volvamos a España situándonos en el 22 de noviembre de 1975 cuando, tras el fallecimiento del General Franco, es proclamado Rey Juan Carlos I, que vuelve a jurar fidelidad a los Principios del Movimiento. Tampoco le costaba ningún esfuerzo.

Desde ese momento, el monarca impulsó a Adolfo Suárez como piloto de los nuevos tiempos, curiosamente uno que había sido Ministro del Movimiento, la cartera más afín al Régimen, relegando de manera inmisericorde a Torcuato Fernández Miranda, el auténtico artífice de que las Cortes decidieran apoyar la nueva democracia.

Cabe recordar que la transición se produjo y creó desde las mismas filas del franquismo y que se disolvieron sin el más mínimo incidente, aunque los problemas en la calle eran otros distintos.

En el primer viaje de los Reyes a las Vascongadas, en febrero de 1981, y en un acto que se celebró en la Casa de Juntas de Guernica, cuando el monarca empezó a dar su discurso, fue interrumpido por los diputados de Herri Batasuna y LAIA, que tuvieron que ser expulsados del local. El Supremo los condenó por desórdenes públicos, pero posteriormente el Constitucional anuló la sentencia.

Ante la serie de desórdenes, asesinatos terroristas y el incipiente aumento de la inseguridad, llegamos a la fecha clave del 23 de febrero de 1982, cundo un grupo de autocares particulares se plantó delante del palacio de las Cortes y, ante la ausencia o la connivencia de las fuerzas del orden que debían estar en la puerta de acceso al recinto, se permitió la entrada de un grupo de guardias civiles armados.

Nadie ha explicado nunca como, ante una sesión plenaria de las Cortes un grupo armado pudo penetrar con tanta facilidad al hemiciclo, al mando del Teniente Coronel Tejero. Casi al mismo tiempo en Valencia, el General Jaime Milans del Bosch editaba un bando que acababa de la siguiente manera:

«Estas normas estarán en vigor el tiempo estrictamente necesario para recibir instrucciones de Su Majestad el Rey o de la superioridad. Este bando surtirá efectos desde el momento de su publicación. Por último, se espera la colaboración activa de todas las personas, patriotas, amantes del orden y de la paz, respecto de las instrucciones anteriormente expuestas. Por todo ello termino con un fuerte ¡Viva el Rey! ¡Viva por siempre España! Valencia, a 23 de febrero de 1981. El teniente general Jaime Milans del Bosch».

El resto de la historia ya es de todos conocida, pero sería curioso plantearse algunas cuestiones como, por ejemplo, que los generales implicados, Milans del Bosch y Armada eran monárquicos convencidos. Incluso Armada había sido tutor del monarca.

Tanto en el bando del Capitán General de Valencia, como en todas las comunicaciones al respecto, se dice actuar en nombre del Rey, en ningún momento se aprecia atentar contra la figura real, al contrario, se está a la espera de las órdenes de Su Majestad.

Se pueden hacer varias lecturas desde la connivencia del Monarca con los golpistas hasta que se lo pensara mejor y se acordara del final de su cuñado en Grecia, pasando por que hubiera usado a sus amigos monárquicos como chivos expiatorios, para surgir como Salvador de la Patria. Siendo un Borbón cualquier cosa es posible.

El resto de la historia es más reciente y conocida. Juan Carlos I ha hecho honor a su apellido, sobre todo en lo tocante a su actividad de caza, tanto mayor como menor. Tuvo la suerte de que había un acuerdo tácito con los medios de comunicación: la figura del Rey era intocable. Su familia era perfecta e intachable en todos los aspectos.

Se le atribuían conquistas femeninas en múltiples zonas de España y del extranjero, recordemos a la famosa Corinna Larsen, así como mujeres del mundo del espectáculo y de la farándula. Era la versión masculina de su antepasado, Isabel II.

No contento con eso se lanzó a aumentar sus ingresos en base a comisiones y corretajes sobre cuestiones en las que veía que podía sacar alguna tajada. Eso también era tapado por la prensa hasta que se le fue de las manos.

El problema es que cuando empiezan a entrar en tu entorno familiar arribistas de primer orden la cosa se complica. Mientras que, por parte de Jaime de Marichalar, no tuvo ningún problema, por ser de familia noble y con mesura, no le pasó lo mismo con el jugador de balonmano.

Urdangarín quiso «chupar» al ver los negocios que hacía su suegro y éste le facilitó contactos y direcciones para sacar pasta, hasta que se descubrió el pastel. Y suerte ha tenido de que su mujer fuera quien era, de lo contrario, la condena hubiera sido más severa.

Al final, abandonado por su propio hijo que consintió y tragó que se invitara a la expulsión de España de su padre, se vio en la necesidad de abdicar, eso sí, con el riñón cubierto y sin agobios económicos de ningún tipo.

Toda la prensa que lo había venerado, adorado y escondido todas sus vergüenzas, también lo había abandonado. De «campechano» había pasado a el «apestado». La de veces que había ido de safari a cualquier país del mundo, pero el de Botswana hizo que todos le saltaran a la yugular y ahí, su hijo lo dejó caer, como buen Borbón.

Siguen las vicisitudes familiares de la dinastía que ha gobernado España en los último trescientos años y lo que nos quedará por ver. Verse a su edad, en una jaula de oro, sin poder ver su patria y maltratado por su familia, no deja de ser más que parte del ADN que persigue a su dinastía.

En el próximo capítulo trataremos sobre el último de los Borbones; sí el del pin de la Agenda 2030, el que se distingue por firmar todo lo que le ponen por delante y leer sin titubear cualquier texto que le escriben desde la Presidencia del Gobierno.

          Y hoy más que nunca, acabemos con las autonomías antes de que ellas acaben con nosotros.

Luis Andrés Cisneros