El Algoritmo que nos controla

Una horda de viejas espía detrás de sus visillos.

 

Hace unas semanas estuve en El Cairo. La capital egipcia es una caótica megalópolis en la que viven 30 millones de habitantes si incluimos las poblaciones que han quedado absorbidas. Bajo la pétrea mirada de las pirámides de Giza, la ciudad despierta con la salida de un sol obstinado que lucha por atravesar la irrespirable capota de polución. El tráfico es como un hormiguero recién pisado; millones de vehículos se mueven en todas direcciones sin dejar de hacer sonar el claxon, sin atender a ninguna norma de circulación y, sorprendentemente, sin colisionar.

Aventurarse a cruzar una avenida de varios carriles es tan peligroso como el más arriesgado de los deportes. Este movimiento caóticamente ordenado se repite en el bazar Khan Al-Khalili, pero aquí son personas, y no vehículos, las que, por millares, recorren las callejuelas repletas de tiendas.

Por la noche el mercado desprende magia. Las luces cálidas de las tiendas de lámparas de cuero o bronce alumbran los puestos de alfombras y suvenires. Las especias compiten con los perfumes para impregnar el aire de aromas. Las casas de antigüedades son puertas al pasado cuyos dueños esperan a que entre algún cliente para encender las luces y en las tiendas de ropa cuelgan los burkas y las chilabas junto a camisetas de la selección con el nombre de Mohamed Salah en la espalda.

Un paseo por este bazar me hizo reflexionar sobre la evolución del mercado en la sociedad. En primer lugar, llama la atención que los comercios se disponen unos al lado de los otros, exhibiendo sus artículos en la calle, sin que quede un centímetro de fachada a la vista. Muy distinta es la situación en nuestras ciudades donde la crisis de 2007 y las posteriores, junto al despegue del comercio online (recuerdo cuando no hace muchos años se pensaba que nunca los españoles adquirirían el habito de comprar por internet), han dejado los bajos comerciales con el cartel de “se alquila”.

El centro de Castellón es un ejemplo de esta agonía del pequeño negocio que ha transformado las calles, que han pasado de ser lugares para comerciar a lugares solo para transitar.

Volviendo al zoco, encontré un paralelismo curioso entre las técnicas de venta de los comerciantes egipcios y las modernas fórmulas que ha traído el big data.

En el bazar, si te interesas por algún objeto, aunque solo sea con una mirada, el dueño del local te invita a pasar, te expone a voces las bondades del artículo, te asegura que en absoluto se trata de una imitación y te seduce con una frase que se repite en cuanto detecta que eres español “bueno, bonito y barato, solo un euro”.

Si por interés o por complacencia accedes a pararte, los maestros de la venta, siempre hombres —las pocas mujeres egipcias que se ven en el zoco van a comprar— te atrapan con sus artes y empieza el regateo en el precio, en el que, salvo que seas muy consciente y pongas los cinco sentidos, tienes todas las de perder. Saben, según la nacionalidad del cliente, qué ofrecerte y qué decirte. En una interacción comercial en la que el cliente con mucha probabilidad no volverá a comprar en esa tienda, el engaño está tan presente como la arena en el desierto que flanquea al Nilo.

En el fondo, no es muy distinta la manera con la que actúa el Gran Hermano que nos controla. Nuestras entradas en internet son indicios y pistas para que el poderoso big data conozca nuestros gustos y adecúe en base a ellos los productos ofrecidos. Las cookies, que aparecen en una ventanita emergente de nuestra pantalla con el mensaje de que las usan para ofrecernos un mejor servicio, son pequeños archivos que se envían y almacenan en un navegador. En ellos guardan la información de nuestros hábitos con el fin de ofrecernos publicidad personalizada la próxima vez que nos conectemos. Son predictores de nuestro comportamiento. Aceptamos las cookies sin pararnos a pensar en el uso que se va a hacer de ellas.

En otras ocasiones se nos invita a que nos registremos mediante un estadillo al que debemos incorporar nuestros datos personales. De esta manera, el maldito algoritmo, el dueño del zoco telemático, el gran hermano invisible, detecta que, si te has molestado en rellenar el formulario, tienes interés en el producto o servicio y, con toda probabilidad, incrementará el precio en la siguiente entrada.

Todo el que haya realizado la compra de pasajes de avión a través de internet ha observado como el precio ha ido subiendo cuando se han realizado varias consultas antes de efectuar la compra.

El poder del big data es descomunal y su crecimiento en volumen y en influencia es exponencial. El 90% de los datos en el mundo actual se han generado en los últimos dos años. La cantidad de datos recopilados desde los inicios de la humanidad hasta 2003 era el equivalente al volumen que ahora producimos cada dos días, según el director ejecutivo de Google, Eric Schmidt.

La información digital actual es equivalente a darle hoy a cada habitante del planeta 350 veces la cantidad de información que se cree que almacenaba la biblioteca de Alejandría, por cierto, situada a pocas horas de El Cairo. Si insertáramos toda la información de que disponemos en compact discs, obtendríamos una torre que uniría la Tierra y la Luna. Y da verdadero vértigo .pensar que esta capacidad se incrementa un 60% cada año.

El big data tiene enormes beneficios, porque el uso estadístico de la información y la combinación de los datos arroja un océano de conocimiento inimaginable hace unas décadas. Pero, junto a información útil y veraz, es mucha la que carece de fiabilidad, la que se lanza como vehículo de manipulación ideológica, de control y de influencia en nuestro pensamiento, en nuestro comportamiento y en nuestros hábitos como consumidores.

Si junto a este orwelliano destino, tenemos en cuenta que miles de cámaras nos vigilan, como si de la visionaria película protagonizada por Jim Carrey, El show de Truman, se tratara, nos podemos hacer una idea de cómo nuestras libertades individuales han ido menguando. Un estudio efectuado entre las ciudades más pobladas del mundo arroja cifras como estas: en Londres, en 2020, había 399 cámaras por kilómetro cuadrado; en Nueva Delhi eran 289; 278 en Pekín y 71 en Barcelona, entre otras grandes ciudades de cualquier latitud. Muchas de estas cámaras tienen capacidad para el reconocimiento facial.

El dato se ha convertido en algo tan valioso como el oro. Pero podemos encontrarnos con que el metal es falso en muchas ocasiones. En otras se usa para ejercer un control sutil y silencioso, pero eficiente, sobre nuestras existencias. Nunca habíamos tenido acceso a tan gran tesoro, pero, a la vez, no sabemos cómo utilizar esa abrumadora avalancha de información ni sabemos discernir entre la verdad y la tendenciosa mentira.

Parece que poco podemos hacer para revertir esta desquiciada manipulación algorítmica. Entre lo que sí que está en nuestras manos: borrar las cookies y el historial del navegador, hacer las consultas en un dispositivo y la compra en otro o configurar nuestro sitio web para reducir la presencia de esa horda de viejas detrás de sus visillos.

Vicent Gascó
Escritor y docente.