En el Llano. ( 1 )

Con la venia: La Santa Madre Campsa nombró a mi padre jefe de Badajoz, allá por el 1951 o así. Era un regalo venenosísimo.

 

Como en todas las fronteras de entonces, y aún de ahora, se había montado allá un arrepezuñe, desmierde, y baracaloffi, de un calibre tal que no sabía la Muy Digna Dirección si cerrar la Subsidiaria, incendiarla, o dejarla languidecer. No tomaron ninguna destas alternativas en la Santa Casa. Se sacó a mi padre de la segunda jefatura de Valladolid y, disfrazando la jugada de ascenso, me lo enviaron al calvario pacense.

Para limpiar el arraigado zipizape de mermas y estraperlo que pusieran en sus manos, Mi Viejo aplicó el Clásico Sistema Curativo de la Marina, a saber: paciencia, cojones, oraciones y aspirinas. La tarea no fue sencilla porque, sobre el trabajo diario, había que desbrozar continuamente las ruedas, llenas de palistroques, putaditas, presiones, y alguna amenaza no muy velada.

Pero El Recio Cartagenero hacía años que se había pulido organizando el trabajo y mandando hombres; en el Taller de Torpedos durante la guerra, luego en las minas de La Unión y, ya trabajando para La Compañía, como inspector de surtidores del Maestrazgo. Además, contaba con el apoyo feroz de mi madre. Tenía pues munición de sobra en las cananas. Y sabía manera.

Total, que logró resanar el asunto, entregando en dos años la gestión felizmente resuelta. Por lo que se le ascendió a la jefatura de Murcia. Otro lindo regalito del que ya piularemos.

A este humilde servidor vuestro no le anduvo mal en aquellos pagos. Evoco a gentes sobrias y amables, con un deje muy salao que yo procuraba imitar, lo que les caía en gracia y me hacía fácil charlar con ellos. También recuerdo mi asombro porque con unas solaneras del demonio, todos los hombres anduvieran siempre vestidos de negro, abrochada la camisa hasta el cuello y el sombrero calado. Como consecuencia deste último detalle, al destocarse obligatoriamente en la obligatoria misa dominical, se pintaba en la iglesia un inquietante paisaje de medias frentes blancas que yo miraba con descaro, lo que algún pellizco maternal me costó.

Amisté con dos hermanos mellizos pastores, de siete u ocho años nomás, que se encargaban de una manadica de vacas. Algunas mañanas salía con ellos a corretearlas y mucho me divertía pero, en cuanto mi madre supo de mis andanzas entre aquellas cornudas moles se acabó el carbón. No senté plaza de sonriente pastorcito yo.

Para curarme el perrenque de no poder ser vaquero, se me dotó de lo que pomposamente se llamaba entonces un Equipo de Dibujo, es decir: caja de colores Alpino, portaminas cargado, navajita sacapuntas, papel de barba en abundancia, y una maletilla de cartón duro, con asa, para guardarlo todo y servir de soporte. Mi padre, con su odio kabileño a la goma de borrar la descartó sin apelación posible: » Manolo, si dibujas bien no la necesitas.»

Las instalaciones de Campsa, cercanas a la estación de Renfe, estaban situadas en una mesetilla, a una buena decena de metros sobre un llano dilatadísimo donde crecían unos pocos árboles, enormes y muy separados entre ellos. Se bajaba el talud por una sendica muy pina, que a tramos exigía un arrastraculo so pena de acabar rodando. Peladuras en rodillas y codos me enseñaron la técnica, e hice de la planura mi territorio.

Así que, a mis cinco añicos y medio, con sombrero de paja, gafas ya, camisolilla, bañador, ( porque de vuelta a casa me desempolvaba mi madre en el patio a manguerazo limpio ), esparteñas, algo de merendar, cantimplora llena, y maleta bien surtida, solía estar sentado en la sombra del árbol elegido, rayando papeles o mirando nubes, durante las calurosas horas que todos los mayores dedicaban a sus largas siestas.

Allí conocí la calma y la concentración frente a un modelo. Piedras, matojos, raíces, insectos copiaba, y empezaron a ser reconocibles. Domando líneas a pura muñeca, al roce de la mina crecía cada esbozo, y yo con él. Por primera vez, asustadico y de puntillas, pisé terreno propio, y obtuve la certeza de que disfrutaría dibujando durante toda mi vida.

Mis padres me alentaban, aprobando mis progresos o corrigiendo mis yerros; yo atendía y mejoraba los trabajos. Un domingo en el Casino durante el vermú, se enseñaron mis láminas a las amistades y fui felicitado. Esponjé más que diez pavos haciendo la rula. Mi padre, ya en casa, bajó mis humos, pero me hizo reventar de alegría cuando afirmó, durante la cena, que no estaban mal mis apuntes.

De todos los Manolos que llevo dentro, el que nació aquel día es aún el más feliz.
Buenas noches tengáis.

B.S.R.
En peticiones del oyente, que ahora es el Yutús.
Pieza: El cordón de mi corpiño.
Canta: Antoñita Moreno.
Versión: Solo audio.

Manolodíaz.