Estado alarmante, día 58

La normalidad perdida en un huevo Kinder

Si todo fuera más sencillo y lo de secuestrarnos la esperanza una putada pasajera, la máquina impresora de billetes viviría a pie de calle, como un cajero sin contraseña, y los seis millones de personas que indefectiblemente van a perder su trabajo respirarían. Fantasía. Tomarían aire y lo expulsarían con satisfacción, sin sentir el pecho oprimido por aguantarlo o porque no llega; sin que la ansiedad subiera con ellos las escaleras ni entrara en esa caja de cerillas donde la prole y los abuelos aguardan la hora de comer, ajenos, los pequeños, a la ruleta de la fortuna. Ni trabajo, ni alimentos, ni futuro. Dice mi amigo Chema Rodríguez que hay días que le amargo el té del desayuno, que dibujo un panorama tan oscuro, parte de guerra dramático y acibarado, que le hurto el aire. No es ficción. No es fantasía. Atrapados en la realidad, nos procuramos, no obstante, ensoñaciones que duran lo que dura un sueño. En días que como este lunes amanecen grises, desapacibles, con lluvias repartidas por España, traición de una primavera tan peculiar como absurda, me invade la nostalgia de Rosalía de Castro con sus sombras, la tristeza y la melancolía. A ella le resultaba incomprensible el sufrimiento humano y contra él se rebelaba. “Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha, / mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, / con la eterna primavera de la vida que se apaga / y la perenne frescura de los campos y las almas, / aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan”. Así no hay pensamiento positivo que asome capaz entre sombras atormentadas y amenazas luctuosas, como éstas.
Pero hay que levantarse, cada día, aunque terminemos perdidos en ese crucero doméstico –cruzo el pasillo, cruzo el dormitorio, cruzo al salón o a la cocina-. Hay días mejores y peores. Al doctor House también se le mueren los pacientes, entre menciones de enfermedades infinitamente más rebuscadas e impronunciables que el Covid-19, la sensualidad de la doctora Cudy, la bondad de Wilson y los gags que edulcoran la tragedia con más éxito que el azúcar de Chema. Pero eso es una serie y lo que estamos viviendo en España no es una peli, no es entelequia. Todo lo que desfila delante de nuestra mirada perpleja está basado en hechos reales. Las miles de llamadas que recibe Cáritas a diario para atender a familias que se mueren de hambre. Y no ha llegado lo peor. Dicen. Los pequeños establecimientos de “compro oro” que vuelven a proliferar como anteayer, pues no parece que haga tanto que salimos de otra crisis. Siempre con el pie en el cuello, ¡joder! Locales, negocios pequeños y familiares, bares, mercerías, droguerías, perfumerías que, pegado al cierre bajado, muestran la iniquidad del momento en letra impresa: “se vende”, “se alquila”, “se traspasa”. El sencillo tejido de las pymes más humildes se disuelve en la ignominia de esta maldita pandemia. La necesidad arrecia, la gazuza golpea en la boca del estómago y hay días que no es suficiente una cola de siete horas para conseguir en la beneficencia una bolsa de alimentos que, al cabo de esa escalera que desearías interminable, y tras la puerta del piso de alquiler que ya no puedes pagar, aguardan quienes hace tres meses, apenas, disfrutaban de tarde en tarde del capricho infantil de un huevo Kinder que compraba el abuelo.

Como vivo en Madrid, recurro a la visión periférica de lo que estamos viviendo y tampoco por ahí atan los perros con longanizas. La momificada hacienda de la pareja se incrusta en la estrechez de la minada economía familiar para, a duras penas, entre lágrimas que hay noches que no se contienen, seguir dando pasos, cada vez más cortos y desesperados. Es la descripción concreta de Ana Vega, otra buena amiga, escritora asturiana que, como tantísimos, asiste al estrago sin otro consuelo que las palabras. “Vuelta a la ‘normalidad’, dicen, como si much@s no hubieran/hubiéramos perdido toda esa posibilidad y ahora solo exista la nada. Lo cual tampoco indica que la ‘normalidad’ antes fuera la más propicia, la más justa ni la más humana. Importante recordar. En muchas casas faltarán seres queridos; en otras, además comida; en otras, esperanza; en otras, objetivos, y en la mayor parte habrá incertidumbre, impotencia y devastación, y poco más. ¡Pero, nada, oiga, como si nada!”.

Resistimos, avanzamos a tientas sin que se desvanezcan en la cabeza las bocanadas del pez que busca oxígeno fuera del agua. Muy gráfico. Muy triste. Muy real. No es fantasía. “Pero una voz misteriosa / la dijo un día con acento extraño: / hasta el momento de tocar la dicha / no se mueren jamás los desdichados”. Y como mientras hay vida hay esperanza aguardamos las fases de desescalada, entre ansiosos y atemorizados, sin darle la espalda al toro. ¿Que embiste?, pues toreamos. El coronavirus es un engendro, taimado y traidorzuelo, mansurrón entre los asintomáticos, sin bravura ni nobleza, ni Victorino ni Miura, un deshecho de tienta que arrea bocados y coces, y pega cornadas de doble trayectoria siempre con la femoral en el objetivo. Dice Trump que antes de finales de año se le podrá combatir con una vacuna. Ojalá. Los políticos, más perdidos en muchos casos que los enemigos de Roberto Alcázar y Pedrín, dicen, hablan por no callar. Con más voluntad que acierto pretenden salir del paso, y se columpian, en Brasil como el estúpido y engreído de Bolsonaro, y en España, como la vicepresidenta de Transición Ecológica, Teresa Ribera. Quién le mandará… “Portugal paró antes el Covid-19. Venía del este y ellos están un poco más al oeste y entonces pudieron parar un poco antes”. Señor, qué cruz. Que sirva este detalle humorístico para que el día no se nos haga bola, tan empinado y tan largo.

Cuenta Rosa Díez lo que un viejo amigo socialista, afiliado del partido, le ha dicho: “No es que te paguen por hablar bien del Gobierno. Lo que pasa es que criticar cualquier cosa que hayan hecho te sale muy caro. Hay que comer”. Comer sin recurrir a las traseras de algunos supermercados, donde cada noche los empleados dejan colocados los productos perecederos, en buen estado, para auxiliar a los desesperados, no forma parte de políticos ni avatares. Tienen su público y sus ganchos. La desesperación en su caso no produce ruidos en las tripas sino acúfenos en los oídos. ¡Son tan arbitrarios y tan descarados que cuando predican solidaridad y trabajo en equipo diseñan la caída del contrario. Badalona se quedó sin alcalde, el socialista Alex Pastor, porque durante el confinamiento dio positivo en un control de alcoholemia y dimitió. Ahora hay que nombrar quien le suceda. El más votado sigue siendo Xavier García Albiol, pero aunque es el más querido por la población también es el más odiado por el resto de las formaciones políticas; de ahí que el PSC y la CUP negocien repartirse la alcaldía en dos turnos. Pensará Iceta que es mejor compartir el bacalao con un independentista que ceder el paso a un constitucionalista.

Día 58 de Estado Alarmante. Como dijo Tierno Galván, “la política ha dejado de ser una política de ideales para convertirse en una política de programas”. Bien, como en demasiadas ocasiones los programas son tan incomprensibles, o enrevesados, como las ideas, lo conveniente es abstraerse por una simple cuestión de salud mental, y preocuparnos sólo de lo que importa. O sea, de Nines, asomada a la ventana de su habitación en la residencia contando los días del reencuentro como un esquimal calcula el deshielo. “Me ha subido a ver María, la doctora, que es muy atenta. Como ha comprobado que ya estoy bien, me ha levantado la dieta de ese suero color naranja y después de dos días ‘in albis’ vuelvo a comer”. Intuyo que lo habrá hecho como un pajarito… “No, que tenía hambre. Unas lentejas muy ricas, pescado… Bueno, el pescado no porque ya no podía. Y un plátano”. Ya me parecía. “Pero estoy bien y me atienden estupendamente”. En más de dos meses de confinamiento, ni una queja, sólo pesar. Son fuertes estos mayores. Que resistan porque así nos ayudan a resistir. Pensando en ellos, el día que nos rebajen la pena de confinamiento no cometeremos el error de salir en desbandada. Claro, que, vista la estampida del primer día, miedo me da asomarme a la puerta de la calle; reina tal euforia que podría besarme alguien que ni siquiera conozco. Las cifras, en cambio, son bien sabidas: 227.436 contagiados; 137.139 recuperados, y 26.744 fallecidos, 123 en las últimas 24 horas, y entre ellos, Aguilar, 71 años, extremo y fino estilista que llegó a finales de los 70 al Real Madrid desde Santander, junto a Santillana y Corral. Y además de buen futbolista, amigo. Descansa en paz, Ico, y no dejes de correr la banda. #animopacienciaysolidadridad

 

Julián Redondo

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