Estado alarmante, día 59

Houston, tenemos un problema, bajan la guardia

En el Día Mundial de la Enfermería es cierto que la curva del coronavirus cede, con algún repunte en China, laboratorio de origen, en Alemania, en Corea del Sur, en focos concretos que la ciencia controla, no sin sobresaltos, y que en otros países, como Estados Unidos, Rusia o Brasil, se encuentra en plena maniobra de expansión y asusta, como antes aquí o en Italia. En España, atenuado el poder del HdP, mas no derrotado, las UVIs respiran algo mejor, las urgencias y los hospitales recuperan poco a poco el pulso y las calles se pueblan de gente con ganas de abrazarse y beberse la última cosecha de Mahou, según el lugar y la fase. Es el quid de la cuestión. Donde el Gobierno ha flexibilizado las medidas, hay quien ha confundido la velocidad con el tocino, la libertad controlada con el despiporre y la calma imprescindible adquiere apellido plebeyo: chicha. Unos se echan al monte y otros a temblar; los sanitarios, entre los últimos. María Cuesta, doctora de la Residencia Virgen de Regla, en Lozoyuela, donde el bicho no ha entrado gracias a sus muros de contención, expone sus temores, que son los que inquietan a sus compañeros sanitarios: “Estamos decepcionados con la población. Hay gente que no se comporta, que no es consciente del riesgo que nos hacen correr a todos por su inconsciencia. ¡Que esto no ha terminado!”. Queja amarga y ruego que suena a prédica en el desierto: “Si científicos, médicos y enfermeras hablamos de repunte no lo hacemos sin base o para atemorizar sino porque es una amenaza real. Ahora disponemos del material que al principio no teníamos, pero hemos sufrido muchas bajas y en la sanidad estamos agotados, literalmente. Si hubiera un brote, no sé lo que podría pasar; o sí, que sería tan malo o peor que en los días más caóticos de la pandemia, porque nos va a pillar cansados”.

Si la población baja la guardia, Houston, tenemos un problema.

El 11 de abril de 1970 despegó del Centro Espacial John F. Kennedy el Apolo XIII; destino, la Luna. Dos días después, al comenzar los preparativos para el alunizaje, se declaró un incendio en el tanque de oxígeno del módulo de servicio; el astronauta Jack Swigert, sorprendido por las llamas, exclamó: “Ok, Houston, we’ve had a problem here!”, frase que ha pasado a la historia con una traducción errónea, “Houston, tenemos un problema”, pero con un sentido universal de su intención cada vez que surge un imprevisto no deseado. La nave abortó la misión y regresó a la Tierra.

Así, pues, estamos avisados. El problema, el jodido, peliagudo y lacerante incordio, subyace porque hemos relajado las defensas y cuesta entender, tras más de medio centenar de días de hibernación, que la normalidad consiste en someternos a las especificaciones del prospecto hasta que haya un medicamento, o la indispensable vacuna, que combata el Covid-19 con la eficacia de la cafiaspirina que tomaba Lorenzo Falcó contra el dolor de cabeza. Mientras, alerta máxima. Las instrucciones con que nos martillean a todas horas no son caprichos sino remedios. “La mejor medicina son los dos metros de distancia”, aconseja el doctor Fernando Simón, espantado, supongo, al comprobar que a sus conciudadanos les de la mano y le cogen el brazo, como cualquier político superior, y que se piensan que es remedio suficiente una mascarilla colocada a la virulé para despejar los balonazos del coronavirus.

“La preocupación es latente. El repunte de esta enfermedad está en nuestros miedos. No es psicosis, es un hecho contrastado. Han sido dos meses muy duros en los que hemos dado el 150 por ciento”, reflexiona en voz alta Curro, Francisco Ruperto Gámez, enfermero en la UVI coronaria del Ramón y Cajal. “No podemos relajarnos y saturar otra vez los hospitales. En las Urgencias del Ramón y Cajal se pasó de 50/70 pacientes a más de 250 diarios. En plantas, en las habitaciones de dos camas hubo que meter una tercera. Se reforzaron lo servicios con personal de consultas que pasaron a cuidados críticos. La labor y la organización fueron admirables. El trabajo, extenuante”.

Lo que ha visto Curro en estos dos meses no lo olvidará jamás, por eso no quiere que se repita. Su preocupación es lógica, elemental. No tiene la piel fina. Está curtido. “Trabajé seis años en el Royal Brompton Hospital de Londres, en la Unidad Coronaria. Sólo la maquinaria imponía, daba miedo, y los cuadros tan graves a los que nos enfrentábamos. En la UVI del Ramón y Cajal, con una media de tres a cuatro semanas por paciente han sido muchos los extubados; otros han muerto. La muerte forma parte de nuestro trabajo. Lo asumimos”. En los picos de la pandemia vio lo que nadie quiere ver, como su amiga Alba Garal. Según se sobrecargaban las Urgencias, a la UVI llegaban los restos de lo peor, “pero lo teníamos controlado”. El control es inhumano y para los legos, inadmisible. Por eso al enfermero el valor se le supone, como al soldado en la guerra. Y lo demuestra. “Veíamos que la UVI se saturaba y hubo que proceder al cribado, por edad, por patologías… Pero el panorama sobrecogía más en plantas, porque no había espacio físico”. No se puede volver a repetir la historia. ¿Tan complicado es que se imponga la cordura?

En la unidad de Curro trabajan 30 profesionales, hasta 40 en los instantes críticos de la enfermedad cuando se extendía como una mancha de aceite. Este equipo se encontraba en la llamada “zona limpia”; no obstante, claudicó sin sospecharlo: “Se producían contactos inesperados con pacientes con Covid-19 y nos pilló en bragas. Lo curioso del comportamiento de este virus es que es impredecible, los treinta de la unidad hemos dado negativo en los test PCR. ¿Suerte? Es probable”. El padre de Curro ha superado el coronavirus después de mes y medio, estuvo internado en el Ramón y Cajal. “Eres enfermero, tienes ahí un familiar fastidiado y compruebas que quienes le tratan son muy profesionales, que hay garantías, que el personal responde, y mi padre sufre además una cardiopatía”.

Mi padre, el abuelo Julián, falleció el 27 de mayo de 2010, en La Paz. A las siete y media de la mañana me llamaron a casa desde el hospital para anunciarme que a las doce del mediodía moriría, que fuéramos a despedirnos de él, en la UVI. Padecía EPOC, pero no resistió la segunda peritonitis en una semana a causa de una atrevida diálisis periotineal que nunca debimos consentir; sufrió un fallo multiorgánico y… Le pregunto a Curro que cómo es posible predecir hasta la hora de la muerte con esa puntualidad. No es cálculo, es programa. “Están sedados, no sufren…”. DEP.
Hasta la muerte se planifica. Si veo una película de ahogados en el mar, en un río, o de asfixiados en un incendio, dejo hasta de respirar. ¡Qué angustia, qué manera de morir más horrorosa! ¿Y quienes mueren de Covid, sufren esa monstruosidad? “Lo que te mata es la infección –describe Curro-. Es una muerte digna, no se ahogan, se apagan, ayudados; aunque sea en soledad y sin familia. Esto es muy es doloroso. También hay servicios paliativos a domicilio”. ¿Y cómo lo sobrelleváis, Curro? ¿Lo superáis? “Son ya siete años en cuidados intensivos. Es imposible no llevarte una historia a casa, no tendría sentido, o no identificarte con la vida de algún paciente. Preferimos que no nos hablen de ellos. Porque puede que le guste la música, como a mí, o tocar la guitarra, como a mí. Y cuanto más sabes, más afinidad se genera entre nosotros. Y, claro, no puede ser que no te afecte, si no, sería un robot, no un enfermero”. Le queda mucho por contar, tendremos tiempo, pero hay algo que le duele especialmente y que tiene que decir: “¿Sabes cuál ha sido nuestro gran fallo como sociedad? Las residencias de ancianos. A nosotros, aunque con cuentagotas, nos fue llegando material, ¿y a las residencias? Los mayores son los más delicados y no los hemos protegido. Hay centros con 150 residentes, un médico que aparece cada pocos días y uno o dos enfermeros. Nosotros, para 30 pacientes en una planta somos por lo menos ocho para atenderlos. Los mayores son los más delicados y no los hemos protegido”. Es su pesar. O uno de ellos.

Día 59 de Estado Alarmante. Es el Día Mundial de la Enfermería. Cuidado que hay días dedicados a chuminadas, éste es imprescindible. Por enfermeras y enfermeros, por doctoras y médicos, por tanto y tanto personal enrolado en la sanidad sobrevivimos. Como Nines. María, su doctora, comenta las últimas novedades: “El sábado nos llevamos un pequeño susto porque de repente hubo tres residentes con diarrea, entre ellos, tu madre. Rápidamente les pusimos a dieta, los tratamos con suero oral y el lunes ya estaban recuperados. Con los mayores hay que tener mucho cuidado. Por cierto, este año hemos tenido menos resfriados”. Nines se atreve a contradecir a María: “¿Diarrea? No, un cólico, que me duró una mañana y estuve dos días a dieta. Pero ya estoy bien. Incluso he ido a la peluquería, me han cortado el pelo y me han teñido”. Del color anterior, más cerca de Maureen O’Harra que de Marilyn Monroe. Y ahora, las cifras, 228.030 contagiados; 138.980 sanados, y 26.920 fallecidos, 176 en las últimas 24 horas. Es triste, muy triste, pero mientras hay vida… #animopacienciaysolidaridad

 

Julián Redondo

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