Estado alarmante, día 62

Patada a Díaz Ayuso en el culo del ciudadano

Emocionado por la solidaridad de la gente sencilla y cada día menos sorprendido por la estulticia de los hermanos Garzón –Alberto, ministro, y Eduardo, correveidile-, amanece un nuevo día sin recibir una sola noticia gubernamental que nos anime a preparar un vermú, porque hay a quien ni siquiera le alcanza para comer. La errática gestión de lo que nos está ocurriendo se pierde a veces entre cortinas de humo que propala la mujer del César, en su absoluta candidez o simpar estupidez. El Gobierno ha encontrado en Isabel Díaz Ayuso un “punching”, ese saco de golpes que almacena millones de votos, el botín preciado, el objetivo, la meta a cualquier precio. Cada vez que ella saca la lengua a pasear hay una respuesta preparada, un contraataque o un golpe bajo, como el del diputado Simancas. Lo último es lo del apartamento, que además está poniendo en solfa la imagen de Kike Sarasola, el primer empresario que ofreció sus hoteles a Madrid para desahogar hospitales y residencias de mayores. La presidenta de la Comunidad, antes, durante o después de las negociaciones para medicalizar esos establecimientos, contrajo el coronavirus y se retiró en cuarentena a uno de los apartamentos de lujo que Sarasola posee en la capital. El contrato de arrendamiento es un arcano. Han empezado a depurar responsabilidades entre los segundos escalones de la burocracia y todavía no se sabe si lo pagamos los madrileños, si sale del peculio de la inquilina o si es un detalle del hotelero. Como además de ser honrada tiene que parecerlo, el enemigo ha descubierto un flanco por donde desacreditar a la Pompeya de Sol. Todo lo demás, incluso las burdas mentiras del diputado Simancas, que merecerían su inmediato destierro de la Comunidad y por añadidura del Congreso, pasa a un segundo plano porque son patadas a Díaz Ayuso en el culo del ciudadano.

Karina Sainz Borgo, periodista y escritora venezolana con quien comparto y discrepo a partes iguales, me ratifica la paupérrima impresión que tengo de Rafael Simancas, un “pobre hombre”. “La frustración la trae de lejos, apolillada en el resentimiento. Cuando alguien se siente poca cosa, intenta hacer méritos azuzando las justas.” Y a continuación describe lo que vienen a ser las batallitas de las facciones que castigan a los neutrales: “La guerra entre partidos en medio de la expansión del coronavirus se parece a una pelea de borrachos. Extirpados del mundo real y alborotados en sus miserias, apenas consiguen pegarse”. Lo malo es que cada vez que lanzan el puño, el guantazo impacta en el rostro del sufrido ciudadano. Afortunadamente, en esta época en que todo queda grabado, el bumerán funciona en todas las direcciones y cada acto acarrea consecuencias, temprano o tarde.

No puede ser casual que los ministros de Unidas Podemos se hayan puesto de acuerdo para ver cuál de ellos, y ellas, lanza la piedra más gorda contra el tejado de todos los españoles, urgido de soluciones para tapar tantísima gotera. Coincido con el camarada vicepresidente segundo en que España necesita del “patriotismo fiscal”, ahora que cualquier ingreso económico es una botella de oxígeno. Pero, ¿de verdad sabe lo que dice? Miguel Sebastián, antiguo ministro de Industria, Turismo y Comercio con Rodríguez Zapatero, atenúa la efervescencia del líder podemita con datos realistas. “Elevar los impuestos a los muy ricos reportaría unos 2.000 millones al fisco“, en ningún caso la utopía de Iglesias, que sueña con 11.000 millones de recaudación por ese concepto. “Esa subida de impuestos terminaría repercutiendo en la clase media, como siempre. Así que ya es hora de que aprendamos de los errores del pasado. Lo que hay que hacer es endeudarse para promover el gasto y no subir los impuestos. Cuando recuperemos la Economía, entonces ajustaremos las cuentas para liquidar la deuda”. Siguiendo instrucciones imaginarias del ex ministro, doy un bandazo: cambio el “patriotismo fiscal” por el patriotismo ministerial, pues ahí, en ese núcleo conspirativo, es donde se detecta el origen de la metástasis.

Pablo Iglesias está donde soñó y para hacer lo que desea. En más de una ocasión ha dicho que “el que está en la política es porque le interesa el poder”. No había pisado moquetas de tres centímetros ni mullidas alfombras cuando exponía sus teorías como un juvenil (recopilo un texto de José Manuel Otero Lastres, encargado de la transcripción) y el mensaje es conciso y directo: “Los comunistas han tenido éxito en los momentos de excepcionalidad, de crisis, y estamos en momentos de crisis. No se trata de establecer alianzas con nadie, hay que empujar las contradicciones del adversario, aprovechar las grietas y ocupar los espacios”. La pregunta que se hace Otero Lastres es elemental: ¿si el líder comunista ya está en el poder, es descabellado pensar que está provocando y aprovechando los momentos de excepcionalidad y de crisis en los que vivimos? Recuerda que el presidente del Tribunal de Justicia de Castilla y León, el magistrado José Luis Concepción, acaba de declarar que “el Gobierno está utilizando la paralización del país para fines distintos de salvar a la población del coronavirus”. Así aparecen los alfiles de la reina (Unidas Podemos, femenino).

Como familia bien avenida, es probable que los Garzón, Alberto, el ministro de Consumo, y Eduardo, el hermano del ministro, preparen tácticas para acosar a todo aquello que se encuentre a su derecha –disimulan con el PSOE-, y cuando uno hostiga a Amancio Ortega el otro le sigue la estela como potro desbocado. Evito escribir toro porque seguro que son antitaurinos. Y no es cuestión de faltar. En lo que llevamos de interminable confinamiento, similar a un estado de excepción, el ministro apenas ha hablado dos veces. Demasiadas. La primera, para dejar constancia de que el cargo le viene grande: “Hemos comprobado que ahora que no hay eventos deportivos han bajado las estadísticas de las apuestas deportivas”. La segunda, para tener que presentar su dimisión irrevocable o servir de compañía en el destierro al diputado Simancas, pero no bastaría con que salieran de la Comunidad de Madrid. El viaje tendría que ser muchísimo más lejos y de trabajo, nada de placer, ni hablar de turismo, palabra clave. “España es un país que se ha especializado en sectores de bajo valor añadido –discursea Alberto Garzón-, como la hostelería o el turismo, sectores estacionales, precarios, lo que equivale a debilidad estructural en momentos como éstos”. La “precaria” industria turística española es la segunda del mundo en su especialidad y el sector que más riqueza aporta a nuestro país. Los números: 176.000 millones de euros anuales, cerca del 14% del PIB, genera un 12% del empleo, con 2,8 millones de trabajadores y lidera la clasificación de competitividad turística del Foro Económico Mundial. ¿Bajo valor añadido?

Vargas Llosa asegura que “sólo un idiota puede ser totalmente feliz”, Jardiel Poncela y Freud coinciden en que “hay dos maneras de conseguir la felicidad, una, hacerse el idiota, y otra, serlo”. Al escuchar al ínclito Garzón ante la comisión de Sanidad y Consumo del Congreso, que desaconseja a las familias españolas reservar sus vacaciones de verano, se puede colegir que él y el Gobierno del que forma parte nos quieren tener encerrados en casa, no por el coronavirus, sino porque así el control del individuo es más eficaz y la destrucción de la economía, más efectiva, o porque realmente está convencido de que la industria turística de nuestro país es tan precaria que no merece la pena invertir en ella ni el óbolo particular. Entre nosotros, el dilema surge a la hora de aplicar a cualquiera de las sospechas la teoría de Vargas Llosa o la de Jardiel Poncela y Freud. En Italia, por el contrario, el Ejecutivo quiere reactivar el turismo nacional con una ayuda de 500 euros para las familias con rentas de hasta 35.000, para que los gasten en vacaciones sin salir del territorio nacional. El plazo para disfrutarlo, entre el 1 de junio y el 31 de diciembre.
Día 62 de Estado Alarmante. El sector turístico español ha pedido la dimisión de Alberto Garzón y el campo exige la de Yolanda Díaz, ministra de Trabajo. Tal para cual, Zipi y Zape, Pili y Mili, “Rompe Techos”. La primera vez que intervino Díaz en la crisis del Covid-19 fue para enredar en los planes de Sanidad. La llamaron a capítulo. En una comparecencia televisiva desde Moncloa intentó explicar en qué consiste un ERTE. No lo consiguió. Ridículo espantoso. Con su última y más reciente ocurrencia ha soliviantado a los agricultores, aquellos a quienes hace menos de tres meses animaba el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, a “apretar” –cortando carreteras-, en plan Torra. Dios cría también a los agnósticos. En estos momentos en que todo está manga por hombro, cuando los administrativos de las cavas del Penedés cortan las uvas para que no se pierdan, por falta de mano de obra, la ministra pide a los inspectores de Trabajo perseguir “la esclavitud laboral y los malos tratos” e investigar si los trabajadores del campo “tienen magulladuras” o “viven entre alambradas”. Varias organizaciones agrarias exigen su dimisión. Este pavoroso círculo gubernativo de los hermanos Malasombra que predica el “patriotismo fiscal” y se inhibe del patriotismo ministerial pone los pelos como escarpias.

Me dice Nines que le cuesta caminar con la cachava, que está aprendiendo, “no sé dar el paso con el bastón y la pierna adecuada. A mi edad y sigo aprendiendo. Otros no aprenderán nunca porque piensan que ya lo saben todo y los demás somos gilipollas. Nines dice que camina con dificultad “después del telele”; me pregunto, ¿qué telele les ha dado a estos iluminados? Y ahora las cifras, inquietantes como para que Madrid y Barcelona no entren en fase 1 –será por eso, ¿no?-: 230.183 contagiados; 144.783 curfados, y 27.459 fallecidos, 138 en las últimas 24 horas. #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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