Estado alarmante, día 65

Pan, circo, fútbol y fanatismo asimétrico

Dos meses ya de confinamiento, de arresto domiciliario durante 24 horas al día con la adrenalina al punto de nieve; dos meses que a muchas parejas cogidas con pinzas la convivencia que antes les resultaba difícilmente soportable ahora les ha vencido. Les urgía el cambio, respirar un aire nuevo, huir de ella o de él como del coronavirus. No es ningún misterio, son las relaciones humanas y sus consecuencias. Dos meses de matrimonios lastrados antes de la “nueva realidad” que no se desvían del guion, de la tendencia, y acaban rotos. Matrimonios o parejas de hecho con hijos que hacían equilibrios para no incumplir la custodia compartida ni los plazos. Dos meses sin ingresos, por el ERTE, por el paro, porque los ahorros han volado, porque la Administración es compleja y las decisiones superiores suelen llegar al piso de abajo demasiado tarde. ¡Es la burocracia, estúpido!, habría gritado Bill Clinton. O algo parecido. Los miles y miles de millones de euros que anunció el presidente Sánchez, las ayudas del ICO, de Europa, de los bancos, del sursuncorda, parches que sonaron aquel día a música celestial, en cuanto entraron en contacto con el aire se convirtieron en material fungible. Ahí están las colas del hambre, en Aluche y en tantos rincones de España. El papeleo aburre, mortifica, hastía al funcionario y a quien trata de resolver una situación insostenible. Las quejas, como las peticiones, se acumulan. La situación económica, social y sanitaria del país es excepcional, como la precariedad de la clase media hacia abajo. En los nuevos ministerios no han dejado de entrar directores generales, directores, jefes, mandos intermedios y jefecillos, un capital en sueldos, pero allí donde los papeles se amontonan la plantilla no ha crecido y las condiciones laborales son sensiblemente mejorables, más en tiempos de teletrabajo. No dan abasto. A las parejas que iniciaron los trámites de separación antes de la pandemia, el Covid-19 en muchos casos las ha obligado a seguir viviendo bajo el mismo techo, en cuarentena, respirando los problemas de antes y ahogándose en vida con los de ahora. Suplicio de convivencia. Si él era malo, ahora es peor; si ella era una pécora, ahora es una arpía. Las demandas de divorcio se disparan en esta excepcionalidad como estadísticamente sobreviene después de las vacaciones estivales. Ciclos traviesos, inmutables. Sólo que hoy es peor porque en los juzgados hay otra montaña de papeles que chorrean miseria, las miles de peticiones para rebajar las pensiones alimenticias de los hijos. Los otros paganos, los niños. Descuidamos a los mayores en residencias que les han dejado morir porque en los hospitales no les admitían y dirigimos a los críos hacia un abismo de desesperanza, infelicidad y desamparo. Los más vulnerables, viejos y niños, sufren la desdicha de malvivir entre los dos fuegos del fanatismo asimétrico. Y no hay vía de escape. Dos bandos antagónicos enzarzados en reproches y agarrados al poder como buitres porque tienen la sartén por el mango, cada quien en su parcela. Los insultos y los reproches que se cruzan les hacen tan poca mella como las caceroladas, suenen donde suenen, o las denuncias de fechorías o el recuerdo de promesas y promesas incumplidas. Nada les arredra, ni sus ruindades ni las de la población que soporta su palabrería, sus mentiras y su cicatería social, nada les afecta. Son de otra casta; perdón, de otra pasta.

Pero generalizar es injusto. Todos los políticos no son iguales. Los hay válidos, excelentes gestores y extraordinarias personas que sólo miran por el bien común, la tranquilidad de quienes los han elegido. Y los hay que no dan más de sí y es en los momentos de crisis cuando al punto de dar el do de pecho sueltan un gallo. Se defienden de las críticas, culpan a la oposición o resaltan que en otros países o en otras comunidades autónomas coinciden en sus desventuras. Que si los señalan es mal de muchos. En Bélgica, por ejemplo, los sanitarios de un hospital de Bruselas dieron la espalda a la primera ministra, Sophie Wilmes, en una visita oficial. Mostraban su descontento porque han estado trabajando sin medios. Como en Rusia. Como en Inglaterra. Como en España. Aquí, la tercera parte de la plantilla sanitaria se ha infectado de coronavirus. No se ha protegido a los ancianos, que ya suman 18.000 muertos de los 27.709 contabilizados, ni al personal de los hospitales ni al de los centros de salud: 77 han fallecido a edades que no entraban en la estadística de lo previsto. No obstante, el HdP afloja; en las ultimas 24 horas han muerto 59 personas. El descenso ratifica que el confinamiento es la medicina.

Coinciden las siempre lúgubres cifras con el regreso del fútbol, que quiere echar a andar con todas las garantías. Análisis de sangre y orina, los test, la asepsia y la desinfección en instalaciones y material de entrenamiento son aspectos primordiales que hay que cuidar con mimo. La patronal balompédica, LaLiga, para recuperar poco a poco la normalidad no va a ahorrar en medios. Lo que haga falta, y lo que necesita causa enfado en muchos sectores de la población. ¿Por qué hay test, cuantos sean necesarios, para los jugadores y no para los sanitarios? Los culpables no son los futbolistas, a fin de cuentas unos trabajadores privilegiados que ganan un pastizal –en Primera y Segunda División- y generan una barbaridad de riqueza. En esta situación, con la economía hecha papilla, son ellos quienes pueden salvar al Deporte. Si hay partidos, aunque sea a puerta cerrada, sin público, hay televisión, y si hay transmisiones hay dinero, y si los euros fluyen los demás deportes respirarán porque recibirán entre este año y los tres próximos 200 millones. El Estado no puede garantizar ni la quinta parte. No hay que sacralizar al fútbol sino exigir a quien corresponde un trato digno al personal sanitario, para que cada médico, enfermera, celador, auxiliar o conductor de ambulancia desarrolle su trabajo en las mejores condiciones. No es tarea de Tebas y Rubiales proporcionarles todo el material que la autoridad ¿competente? es incapaz de conseguirles.

Fue el poeta Juvenal quien en el siglo I escribió aquello de “panem et circenses”. Pan para alimentar al pueblo y circo para entretenerlo, así lo distrae de preocupaciones políticas. El fútbol en su momento cumplió esa función en España. Hoy no es el caso. Hemos resistido dos meses sin Liga y sin “Champions” y no consta en acta un solo suicidio por esta causa. El fútbol es el deporte rey en nuestro país, el líder de todos los demás deportes. El que tira del carro, el que emplea a 185.000 personas y contribuye con 1,37% al Producto Interior Bruto, ese PIB que ha empezado a volar por los aires.

En 1928, Rafael Alberti escribió “Oda a Platko”, portero del Barcelona que le asombró durante la disputa de un partido épico contra la Real Sociedad. El cancerbero, tras un choque con el delantero donostiarra Cholín, salió del campo con la cabeza ensangrentada, pero volvió, y su actuación causó tal impacto en el poeta gaditano que le dedicó un extenso poema por su valentía. “Alas, alas celestes y blancas, / rotas alas, combatidas, sin plumas, / escalaron la yerba. / Y el aire tuvo piernas, / tronco, brazos, cabeza. / ¡Y todo por ti, Platko, / rubio Platko de Hungría!”. El fútbol desata pasiones, “es la cosa más importante de las cosas menos importantes”, que dice Valdano. Pero Bill Shankly, el célebre entrenador del Liverpool, fue aún más lejos al definirlo: “Algunos creen que el fútbol es sólo una cuestión de vida o muerte; pero es algo mucho más importante que eso”. Cierro con una frase de Alfredo di Stéfano: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Lo dijo quien fue número 1 y conoció a Pelé, a Cruyff, a Maradona y a Messi.

Día 65 de Estado Alarmante. Al abuelo Julián le gustaba el fútbol, era seguidor del Atleti, y televidente de todos los deportes. Le apasionaban, como la caza y la pesca, los que siempre practicó. Nines, mi madre, es del Real Madrid, aficionada pasiva; con mi padre discutió de muchas cosas, nunca de fútbol ni de colores. Si en la residencia ponían en la tele un encuentro del Madrid, incluso del Atlético, se interesaba. Ahora no es que lo eche de menos, pero lo extraña, mucho menos que salir a diario al jardín, pues no termina de entender lo del confinamiento, y comer los fines de semana en casa, con sus hijos, rodeada de las nietas, del nieto y del bisnieto, el benjamín que la llama “Bisi” y ella se troncha de risa. Añora todo eso. “Ya pronto nos veremos”, me dice como cada día. Ya pronto. Nos han quitado tanto… Sí, nos lo ha robado el coronavirus con nocturnidad y alevosía. #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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