Estado alarmante, día 66

Preparar pez globo sin saber conectar el microondas

Inés Arrimadas reitera el voto de confianza a Pedro Sánchez, le apoya con la sexta prórroga, la contraprestación es que el mes de duración se reduce a 15 días, hasta el 7 de junio. Le sugiere también que se olvide de pactos con Rufián, cuyos intereses tienen poco o nada que ver con los de los españoles. Al cachorro de ERC le trae al pairo lo que ocurra más allá de las fronteras de Cataluña, pero es cobardica y no se atreve a decirlo. Tampoco reconoce que le encanta Madrid, y el postureo. El mensaje inequívoco de los independentistas republicanos catalanes lo anticipó Montse Bassa en la sesión de investidura el lejano mes de enero: “La gobernabilidad de España me importa un comino”. Pues eso. Mira con quien te alías y te diré quién eres. En esta situación, echo de menos el grito de aviso de Penélope Cruz: “¡Pedrooo!”. La líder de Ciudadanos, a riesgo de recibir alguna puñalada -Marcos de Quinto abandona el partido naranja, su sentido de estado es infinitamente inferior al de Arrimadas-, insiste en llamar la atención del presidente sobre el peligro que entraña jugar a la política con el demonio. Según la cocina de Tezanos, Cs es el que más sube en las encuestas, junto con el PSOE, que volvería a ganar las elecciones, lo cual en ambos casos parece probable; pero fiarse de quien maneja los fogones de Moncloa es preparar una exquisitez con pez globo sin saber cómo se pela una patata o se enciende el microondas.

Aliviados por la reducción de condena en la cuarta economía europea tras el Brexit –sí, sigue siendo España- y sin descartar que el último martes de mayo proponga el presidente alargar el estado de alarma un par de semanas más, nos llega la agradable noticia de que un laboratorio de Estados Unidos dispondrá antes de que termine el año de una vacuna para derrotar al coronavirus. El hombre estudia, investiga y a veces suena la flauta. Le sucedió a Alexander Fleming con la penicilina, buscaba algo para fastidiar al estafilococo, olvidó un cultivo casi un mes en una placa y cuando lo recordó, en lugar de tirarla la estudió al microscopio. Había descubierto la penicilina. Fue el 28 de septiembre de 1928.

Casi dos siglos antes, también en Inglaterra, no en Londres sino en Berkeley, el doctor Edward Jenner entró una mañana en el establo, como solía hacer a menudo. Tenía sus razones. A él le inocularon el virus de la viruela siendo un niño para prevenirle, una salvajada a la que sobrevivió después de cuarenta días encerrado con otros chicos de su edad en un pajar oscuro, sucio y maloliente. La curiosidad le pudo desde pequeño, estudió medicina, fue médico rural en su pueblo, además de investigador y poeta. Combatir la epidemia de viruela que tantas vidas se cobraba fue su objetivo. Y evitar, de paso, experiencias tan desagradables como la de su “inmunización”. En ese día primaveral, advirtió una vez más que aunque las vacas tenían la enfermedad, las mujeres que las ordeñaban no se contagiaban. Dedujo que las lecheras habían generado anticuerpos. Así que un 14 de mayo de 1796 llamó a James Phipps, 8 años, el hijo de su jardinero, y le propuso someterle a un experimento indoloro que sería de gran beneficio para la humanidad. El chaval pensó más en la buena fama del médico, y la ascendencia que tenía sobre su progenitor, que en su seguridad y, no sin reservas, aceptó. El doctor recogió unas pústulas de una de las vacas infectadas de las manos de una ordeñadora y se las inoculó a James en los brazos. Hubo varias reacciones, al chico le subió la fiebre, era notable su malestar, y el padre se enfadó mucho con el galeno por utilizar a su vástago como conejillo de indias. Jenner tranquilizó a la familia, confiaba en el método, si no al ciento por ciento, casi; comprobó que la reacción no produjo ninguna infección grave y descubrió que, tras una variolización, el pequeño Phipps estaba inmunizado. Así, a grandes rasgos, el doctor Jenner inventó la vacuna y se le conoce como el padre de la inmunología. Ninguno de sus vacunados enfermó de viruela en su vida. Probó a traspasar el virus de persona a persona, en lugar de utilizar al ganado como transmisor, lo hizo con 23 pacientes y acertó 23 dianas.

Científicos de todo el mundo trabajan denodadamente para obtener una vacuna contra el Covid-19. Expertos que llevan años intentando encontrar otra contra el SIDA no lo han conseguido aún. Hay remedios para detener su avance, pero no dan con el muro que rechace esta enfermedad cuyo primer rastro conocido está consignado en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, y data de 1920. Desde allí, subió al tren, el ferrocarril lo extendió por África y así aparecieron los primeros casos en Los Ángeles, en 1981. Una extraña enfermedad, mezcla de neumonía y sarcoma, había matado a cinco hombres que compartían un denominador, la homosexualidad. Desde entonces, la profilaxis es el mejor remedio para no contraerlo, pero no hay vacuna, aunque se sigue investigando. Ahora, sin embargo, lo que ocupa a la comunidad científica es el coronavirus. Laboratorios de todo el mundo dedican todos sus esfuerzos, personales y materiales, a lograr una vacuna que erradique esta pandemia, que no es la más mortífera que ha sufrido la humanidad, pero sí, posiblemente, la que más destrozo está causando en una sociedad que se creía indestructible.

Más allá de los compromisos políticos que suelen durar lo que un caramelo a la puerta de un colegio, el notición de la jornada fue lo que Trump sugirió la semana anterior, como de pasada: antes de que termine el año habrá vacuna. El científico español Juan Andrés –José Andrés es el cocinero-, director de Operaciones Técnicas y Calidad de la farmacéutica Moderna de Masachusetts, confirma a Carlos Herrera, en COPE, que la vacuna contra el coronavirus existe, aunque continúa en fase de pruebas. Empezaron los estudios en enero, cuando ya había noticias de la tragedia que se avecinaba, y la han probado en 45 voluntarios. Todos han generado anticuerpos tras inyectarlos el virus en varias dosis, de 25, 100 y 200 microgramos. La respuesta inmunitaria ha sido tan potente como la de los enfermos de Covid-19. Y añade que en ocho de esos voluntarios “no sólo se han generado anticuerpos sino también neutralizantes que atacan directamente al virus”. Como no han aparecido efectos secundarios, el optimismo es algo más que moderado: “Hasta ahora sólo hemos detectado algún dolor en el brazo en el punto de inyección o algún tipo de enrojecimiento, de lo que no hay que preocuparse según nos dicen los inmunólogos. Lo cual genera inmunidad ante un posible contagio”.
El doctor Andrés también añade detalles del proceso: “Nosotros no utilizamos virus atenuados. Usamos la molécula de RNA mensajero y utilizamos el código genético, que es capaz de sintetizar antígenos contra la proteína S del coronavirus”. Y añade que si no hay contratiempos, “a finales de año la vacuna estará lista en EE.UU. y a principios del año que viene, disponible para el resto de países”. En Moderna Therapeutic podrían fabricar hasta un millón de unidades y hay confianza en que así sea por el trabajo realizado. El 13 de enero disponían “de la secuencia de la proteína S del virus”. El 7 de febrero fabricaron “el primer lote para empezar los ensayos en humanos y lo aprobaron. El producto se inyectó en el primer voluntario el 16 de marzo”. El progreso es meteórico si tenemos en cuenta que Bill Gates, que tiene a su Fundación empleada en la creación de la vacuna anti Covid-19, calcula que no dispondrán de ella antes de 18 meses. Moderna ha recibido autorización para proseguir con la investigación y el próximo paso será probar con 600 personas y el siguiente y definitivo, con miles.

Día 66 de Estado Alarmante. Explicar a Nines que la esperanza de esta frágil humanidad asoma en un horizonte no tan lejano es complicado cuando el intermediario es un teléfono. La conversación discurre en dos actos, el pesimista, cuando ve que se agota la mañana y no sale de la habitación. “Esto es como un funeral. Voy a salir de la alcoba y a ver si tengo suerte y me encuentro con Angelito (el fisioterapeuta con mano de santo y palabras de lama)”. Segundo acto, reina el optimismo. “Me encontré con Angelito –se hizo la encontradiza- y salí a la terraza. Me acercó un sillón. Qué gusto de sol, no te imaginas. Qué temperatura más agradable”. No fue un viaje del cero al infinito, pero se le pareció bastante. Cuando está contenta le sube dos tonos la voz. Y se muestra más dicharachera: “Están aquí mis primas –repite por enésimo día-. Ya sabes, la mujer y la hija del pariente Marcelino, el del gas, ¿te acuerdas?”. “Cómo no me voy a acordar, mamá”. “Son muy majas, las dos. Ah, y me ha venido a ver Crescencio”, su amigo de toda la vida, el centenario, “pero con la mascarilla puesta”. Son obedientes, y conscientes de lo que hay en juego. “Tengo tantas ganas de salir de paseo que no lo sabe nadie. Pero ya lo sé, paciencia”. Calla un instante, escucho su respiración, quiere decirme algo… “Es que estar aquí algunos días es horrible. La de la habitación de al lado es una cotorra, a todas horas dando voces. De verdad, es insufrible. Yo creo que no está bien de la azotea. Pobrecilla”. Le produce tanta lástima como incomodidad. Los mayores son así, comprensivos. Nos despedimos, le insinúo que nos vamos a ver pronto, también percibo su alegría. De lo que hay extramuros de la residencia no hablamos. Para qué decirle que, aunque por debajo del centenar, el HdP sigue haciendo estragos, 83 fallecidos más (27.778, el total) y 232.037 los contagiados. Lo mejor, 150.377 sanados. #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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