Estado alarmante, día 68

Cómo cabrear a todo quisqui y no morir en el intento

Jueves 21 de mayo de 2020. La playa de la Barceloneta, hasta la bandera. No hay distancia social y el riesgo de un rebrote aumenta. El barrio de Moratalaz, polarizado: con las trifulcas y la escasa formalidad que hay en el Congreso, ¿cómo no van a salir a tortas los vecinos? Será una fecha difícil de olvidar, por todo lo que ha dado de sí y por toda la controversia generada. PSOE, UP y Bildu acuerdan, firman y rubrican la derogación de la “Reforma Laboral” que puso en marcha Rajoy en 2102. El sector crítico de Ciudadanos reprende a Inés Arrimadas, que recibe la noticia después de dar aluz a Alex, por sellar la prórroga con Pedro Sánchez: “Te lo avisamos”. Edmundo Bal concreta: “No hemos firmado un compromiso de colaboración con el Gobierno, sólo hemos apoyado una medida –dos semanas más de estado de alarma- que consideramos razonable”. Pero escuece. Dice Javier Caraballo que “el centro político en España es una aventura de riesgo, porque la tolerancia es el valor político más incomprendido”. Y es en esa posición, en la equidistancia, donde Inés Arrimadas ha vuelto a colocar a los naranjas.

En cualquier dirección, la maniobra sanchista huele a traición a dos leguas y al viejo truco de poner una vela a Dios y otra al diablo. Redes sociales y televisiones recuperan afirmaciones no tan lejanas del hoy presidente: “No voy a pactar con Bildu. No voy a pactar con Bildu. ¿Lo tengo que repetir veinte veces?”. Cuando la Unión Europea tuvo noticias del programa de Gobierno de Pedro Sánchez, en el que estaba incluida la abolición de la “Reforma Laboral” del 12, recomendó: “No es el momento de tocarla porque se está generando empleo y se ha reducido el paro estructural”. España está canina, no es que no llegue a fin de mes, es que no llega a principio de semana, y necesita el dinero de la UE para superar la crisis más grave de su historia desde la Guerra Civil (1936). Nadia Calviño, que sabe cómo se las gastan en Bruselas y toneladas de economía, en una noche agitada reduce a cenizas el brindis al sol de IU y Bildu y convence al presidente para que eche el freno y meta marcha atrás no vaya a ser que Europa le deje a dos velas. El secretario personal de Delcy Rodríguez, José Luis Ábalos, da la cara en los medios: “Bueno, la derogación no es absoluta”. Ni aproximada. Pablo Iglesias salta, “lo que está firmado no se toca”, y Arnaldo Otegi brinca porque se tiene que tragar estas palabras, pronunciadas antes del jarro de agua fría: “Cuando Bildu es decisivo, mejora la vida de la gente”. Salvo que la gente, como Idoia Mendia, esté en su punto de mira. Los familiares de cerca de un millar de muertos lo corroboran. Ha sido el único partido del País Vasco que no ha condenado el ataque al domicilio de la secretaria general del Partido Socialista de Euskadi.

La intervención de la vicepresidenta Calviño ha sido definitiva para derogar lo que durante unas horas estuvo derogado. Lucha en Bruselas por un trozo del pastel económico que alivie a España y no es momento de sembrar más dudas, ni distancias con el socio capitalista, por mucho que le duela a Pablo Iglesias. Y aunque en el nuevo acuerdo aparece la palabra derogación, en el fondo y en la superficie no hay más que artificio. Los tres cambios aprobados se refieren a la derogación del despido por absentismo, que no es una medida de 2012 sino de muchos años antes; a la derogación “de las limitaciones al ámbito temporal del convenio colectivo (que no caduque al vencimiento hasta que sea reemplazado), y a la derogación de “la prioridad aplicativa de los convenios de empresa sobre los sectoriales”.

Después de una suave mano de pintura a la “Reforma Laboral” de Rajoy, lo que ha conseguido Pedro Sánchez es cabrear a todo el mundo, a los socios de Gobierno (Podemos), a los socios aprovechados (Bildu y ERC), a la UE, a la vicepresidenta económica que ha tenido que hacer las veces de bombero, una vez más; a los agentes sociales –la CEOE rompe negociaciones con el Gobierno por su arbitrariedad-, a los socios circunstanciales (Ciudadanos, PNV, CC) y a todo quisque. Su mérito es enfadar a todo el mundo y no morir en el intento.

Más que un superviviente, Pedro Sánchez es un fenómeno como no ha habido otro desde los tiempos de Alexander Paulovski, estrella ficticia del fútbol soviético que en 1956 no aterrizó en Barajas ni en el día ni a la hora prevista. En ese vuelo y en lugar del futbolista llegó un catedrático de la Universidad de Fráncfort (Fernando Fernán Gómez), un profesor de ética y moral contratado para dar varias conferencias en Madrid. Al descender del avión, los periodistas le confundieron con el futbolista y el disloque alcanzó el punto culminante cuando, sin haber visto un balón en su vida, debutó de corto en el Bernabéu y metió un gol… con el culo. Visto con los ojos de entonces, “El Fenómeno”, película de José María Elorrieta, cautiva y divierte. Entretiene, que es lo que el cine persigue, distraer. El presidente del Gobierno excede en ocasiones su papel y trata de convencer a todo el mundo de que sus conquistas también son fenómenos, a menudo paranormales, difíciles de creer por inverosímiles, o porque llegan precedidos de trolas siderales.

Día 68 de Estado Alarmante. Para descansar de tanta política, respirar un ambiente saludable y recuperar parcialmente la normalidad, pedí cita al peluquero. Me atreví. Aparqué los temores, las reservas y la cautela que me mantiene en casa ahíto, “amarrado al duro banco / de una galera turquesca, / ambas manos en el remos / y ambos ojos en la tierra…/ ¡Oh sagrado mar de España, / famosa playa serena, / teatro donde se han hecho / cien mil navales tragedias!”. Cómo vería Góngora esto que estamos viviendo, que hasta ir a la peluquería se antoja hazaña. Llegué puntual a la cita con Mario. En la entrada de Anbel, dos bandejas en el suelo con sendas toallas empapadas en desinfectante. En el recibidor, un sillón con otra bandeja para rociar las suelas de los zapatos con un “chufi chufi”. Y además, unas calzas. En la sala, una sola clienta; que atiende Alberto, con quien choco el codo. Ni rastro de revistas ni de periódicos. En la distancia, Andrea, que de la cara sólo deja ver los inconfundibles ojos azules, me entrega un batín que extraigo de una bolsa de plástico. Sobrecoge la asepsia de esta peluquería transformada en nave espacial. Mario, con guantes, mascarilla y pantalla, como Alberto y Andrea, me corta el pelo después de lavarme la cabeza. Es un artista, me ha dejado “niquelao” sin quitarme el tapabocas quirúrgico.

Lo más normal en un mundo que ha dejado de serlo tal y como lo conocíamos ha sido esa media hora. Las relaciones, como las buenas amistades, permanecen. Es lo inmutable. Pactos que no precisan de documentos ni de firmas ni de conferencias de prensa para dotarlos de credibilidad, pues quienes los rubrican son legales. Como Mario, Alberto y Andrea. Como Nines, retirada en su mundo feliz, una especie de vida contemplativa que resume su paz interior en la hora larga que disfruta por la mañana en la terraza, “¡qué sol más rico!”, con Margarita o con Manola. Antes y después, rutinas, como el desayuno, la ducha, la gimnasia, la comida, el zumo de las cinco y media, la cena a las ocho y en la piltra, una hora después. “¿Tienes tele?”, me pregunta. “Sí, ahora los jueves. A las once y media en Teledeporte. Estudio Estadio, ¿recuerdas?”. “Claro que me acuerdo, pero no te puedo ver. A las nueve estamos en la cama. Me acuesto cuando las gallinas”. “Descansa mamá. Y cuídate”. “No te preocupes, hijo. Me cuidan”. Respiro, como cada día después de hablar con ella. Está bien, alejada del mundanal ruido, de la polarización que desde el Parlamento se ha trasladado a las calles. Peor les pinta a los 344 nuevos contagiados, muchos menos ya. No podrán contarlo los últimos 48 fallecidos. La pena nuestra de cada día. #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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