Estado alarmante, día 70

La alerta de los Reyes Magos y la profecía del doctor Cavadas

El pasado 6 de enero, el doctor Francesc Drobnic, médico español del Shanghái Shenhaua, regresaba a China desde Barcelona, donde pasó las vacaciones de Navidad con la familia. El avión aterrizó sin contratiempos en el aeropuerto shanghaiano y antes del desembarque la tripulación avisó al pasaje de una medida novedosa; pero sin dar pistas porque tampoco estaban muy seguros de lo que tenían que anticipar. Los pasajeros se miraron entre ellos, mucho más sorprendidos cuando vieron entrar en la aeronave a dos policías pertrechados con los EPIs de rigor, pantallas cubriéndoles el rostro –la máxima protección- y termómetros en ristre. Nadie se explicaba qué sucedía. Aún no había noticias de que un virus llamado Covid-19 había iniciado la invasión del mundo, ni de que era tan liberal que al elegir a sus víctimas ni miraba la cuenta corriente ni hacía distinción de rango y clases. Los viajeros fueron saliendo ordenadamente del avión y uno por uno se sometieron al control de temperatura y a una breve encuesta sobre su estado de salud. Todo en orden. Pero no perdamos la fecha de vista: ¡6 de enero de 2020! La anécdota la contaba el Dr. Pedro Luis Ripoll el pasado jueves 21 de mayo en Estudio Estadio. Esa mañana coincidió con su colega el doctor Drobnic en un congreso médico organizado vía telemática por la Real Federación Española de Fútbol.

Las autoridades sanitarias de la Unión Europea han reconocido, aunque tarde, muy tarde, demasiado tarde, que no prestaron la atención debida a las primeras señales que llegaron desde China sobre el Covid-19. La Organización Mundial de la Salud no declaró la pandemia hasta que las cifras de contagios rebosaban la escala del sentido común. No obstante, indicios inquietantes de ese desconocido HdP había suficientes como para prevenir antes que curar. En España también saltaron las alarmas, pero los especialistas que conectaron con la autoridad competente (¿?) encendieron sólo la luz naranja, no se atrevieron a pulsar la roja. Así, con una pista de aterrizaje hecha a su medida, el coronavirus encontró el lecho ideal para reproducirse. Invadió Lombardía y se expandió; el Valencia jugó en aquella región con el Atalanta mientras los maestros falleros imaginaban las piras más espectaculares. Los chinos levantaron un hospital en menos de tres semanas. Occidente atiesó las orejas, no lo suficiente. Reportes de la enfermedad fueron entrando en España con cuentagotas, pero muy explícitos. El doctor Pedro Cavadas, cirujano plástico, especialista mundial en trasplantes, alertó del peligro el 30 de enero y en lugar de hacerle caso le criticaron por alarmista: “Cuando en China aparentan transparencia desde el minuto uno, a mí me da que pensar, me preocupa. Reconocen un número de muertos y contagiados, no hace falta ser muy listo para pensar que son diez o cien veces más”. Sospechaba que utilizar 800 retroexcavadoras de cien toneladas cada una para construir un megahospital en tan poco tiempo no era una cuestión insignificante, como para pasar inadvertida. En Espejo Público dijo todavía más, lo sustancial, la profecía: “El coronavirus se contagia fácilmente y es muy agresivo”.

Sus palabras calaron, más en algunos telespectadores que en la comunidad científica española. La advertencia tampoco hizo mella en el Gobierno, que, con 17 días de disfrute del poder, continuaba de celebración, sacando brillo a las carteras ministeriales y buscando la manera de dictar decretos para cumplir el programa. El Covid-19 era un incordio. Desde Sanidad no hubo respuesta a la voz de auxilio que gritó el doctor Cavadas; en cambio médicos de muy diferentes especialidades le saltaron a la yugular como podencos: “Es que meter miedo mola”, decían. La opinión de Alberto García Salido, pediatra intensivista, es para desear un “tierra, trágame”, a la vista de las consecuencias de su trivialidad, y acaso envidieja, tres meses después. El tuit que escribió aquel 30 de enero: “Este tipo de comentarios, que no son más que opinión, ¿qué pretenden conseguir más allá de llamar la atención? Transmitir desconfianza a la población sobre la labor de @CDCgov @WHO me parece bastante inadecuado. ¿Es justificable? Será un cirujano cojonudo, pero ¿todo vale?”. Una sentencia condenatoria más de otro médico, el doctor Juan Pablo García Íñiguez: “Este hombre hace tiempo que perdió el norte y la humildad como para callarse cuando no sabe algo”. En febrero, al recibir las primeras informaciones del Covid-19, fuimos muchos quienes, por lo que leíamos y escuchábamos de “reputados” especialistas, lo catalogamos como una simple gripe y así lo proclamamos en alguna que otra tertulia televisiva. ¡Tierra, trágame!

Más de 28.000 muertes después habrá que reconocer que la sensatez del cirujano Pedro Cavadas se la pasaron por la entrepierna los que mandan y los inmunólogos que dicen que saben. Ya no es tiempo de lamentarse sino de recuperarse, porque pintan bastos y en el proceso de rehabilitación nacional estancarse en la alienación y en la autosuficiencia es lo menos recomendable. Es tiempo de resiliencia, de imponerse a la adversidad, de arrimar el hombro –esa frase tan manida-, de no colar acuerdos de dudosa procedencia con nocturnidad y alevosía amparados en el detestable supremacismo o en compromisos programáticos de marcado tinte electoralista. Hay que trabajar, para lo cual la herramienta imprescindible es el empleo; hay que preservar los puestos de trabajo existentes y regenerar de inmediato, sin pausa, los que ya han empezado a destruirse. Entre las medidas anunciadas este sábado por Pedro Sánchez, más allá de que a partir del 12 de junio vuelve el fútbol porque se reanuda el campeonato liguero, la decisión “histórica” es el IMV (Ingreso Mínimo Vital). “Es una prestación permanente para reducir la tasa de pobreza”. Si así se terminan las colas del hambre, ¡aleluya! “La cantidad dependerá del número de miembros de la familia”, aclaró el presidente del Gobierno, que anticipó que desde el 1 de junio será efectiva. Ojalá haya más suerte que en el cobro de los ERTEs. El pulso ya no es con la paciencia de la gente sino con su supervivencia.

Día 70 de Estado Alarmante. Hace unos cuantos capítulos, al decretarse la cuarta prórroga de confinamiento, anticipé que con el 69 concluiría este diario. El número tiene miga, ya lo sé. Lo propuse sin segundas intenciones, pues pensaba que este sábado disfrutaríamos de la fase 2, no ya de la 1, y que gozaríamos de una libertad más amplia. Tampoco tiene que ser absoluta porque la cautela ha de ser nuestra brújula. Y la fase 1 empieza el lunes, en Madrid y en el resto de regiones donde la 0 se había estigmatizado. Habrá, por tanto, una septuagésimoprimera entrega dominical, la despedida. Casi seguro. ¿Por qué? Porque todo va mejor; sí, a pesar de los últimos 48 fallecidos –siete días con menos del centenar de muertos- y de los 361 nuevos contagiados. Y porque la libertad de movimientos por la provincia de Madrid me va a permitir volver a ver a Nines. ¿Abrazarla? No lo sé. Si no media una verja entre nosotros habrá abrazo, con mascarillas, guantes, calzas, chubasquero, EPI, pasamontañas, pantalla, todo lo que sea necesario. Son ya tres meses. A todos se nos hace larguísimo; pero a ella no le quise adelantar la posibilidad real de vernos esta semana, por si acaso. “Sabes que tengo muchas ganas de veros –me dice, y noto la necesidad de ese abrazo-. Pero a quien quiero estrujar es el pequeñín, a Martín, que ya estará hecho un hombrecito”. En este caso el sentimiento es compartido, su bisnieto, mi nieto, generaciones que mucho más adelante, en el recuento de los acontecimientos, hablaremos de esta plaga como de una pesadilla. Puede que entonces, tal vez, ya habremos aprendido a interpretar las señales. #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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