Estado alarmante, día 71 y último

Y para terminar, se armó el belén

Esto de la “nueva normalidad” recuerda a la muletilla de los veteranos hombres del tiempo, los emblemáticos Mariano Medina y Eugenio Martín Rubio, cuando entre predicciones de borrascas, el anticiclón de las Azores, tiempo soleado, nubes y claros, galernas, marejadas o viento de Levante hacían una referencia a la “humedad relativa del aire”. Exacto. Todo es relativo. O así parece. Certeza es que el Gobierno ha decretado diez días de luto oficial. Probable es que el presidente proponga en una semana una sexta prórroga del confinamiento, si aún fuera legal, previa al desembarco de los turistas extranjeros en Benidorm, fechado a primeros de julio. También es cierto que hoy toda España disfrutará de la fase 1; de ahí el punto y final de este Estado Alarmante que nació para “dos o tres semanas”; mas, ya se sabe, la vida es una tómbola o una caja de bombones, pues ignoramos lo que nos va a tocar. Lo bueno de estos 71 días es que una vez recopilados apuntan a libro. Seguro al ciento por ciento no es –también las editoriales tienen que resetearse-; muy probable, sí. El proyecto, muy avanzado, está en lectura y en estudio. Si habemus libro, lo siguiente será encontrar un título. Pero antes, ya en la “despedida y cierre”, una breve y necesaria recopilación.

Reconozco que con los políticos me he cebado y que al generalizar he sido injusto. Tópico uno: de todo hay en la viña del Señor. Entre mis principales detestados, el camarada vicepresidente segundo, Pablo Iglesias; Alberto Garzón, ministro de Consumo; el secretario personal de Delcy Rodríguez, José Luis Ábalos, ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana; el diputado Simancas; Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y Quim Torra, president de la Generalitat, quien, después de insultarnos gravemente, reclama el turismo nacional. Unos serán víctimas de sus errores y otros, siervos de sus peroratas, de sus trolas y de sus tuits. Reconozco que me falta ingenio para condensar en 280 caracteres muchos de mis pensamientos, y que como tengo el genio vivo, prefiero eludir comunicarme por ese medio porque la “tuitoteca” es de memoria perversa e implacable.

Que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras no admite réplica, sea un proverbio árabe o un pensamiento de Aristóteles. Los datos de este diario provienen de “fuentes consultadas”, “contrastadas”, fiables en la mayoría de los casos, aunque nadie está libre de que le cuelen un gazapo, una mascarilla de imitación o unos test que no han sido testados, ni pasan, en cualquiera de los casos, los mínimos controles de calidad. En la penúltima entrega, la número 70, mencioné el nombre de dos médicos que respondieron “vía Twitter”, esa herramienta feroz que carga el diablo, a las afirmaciones del doctor Cavadas, quien sospechaba que los chinos no decían la verdad con lo de su masa de infectados y sus muertos, y afirmaba con rotundidad que “el coronavirus es un virus que se contagia fácilmente y es muy agresivo”. Su predicción se está cumpliendo al ciento por ciento. Los chinos sugieren ahora que van a compartir información. El malestar que generó entonces entre cierto sector de la medicina, hoy, más de tres meses después, queda en evidencia. Si en Google escribes “declaraciones del doctor Cavadas”, de inmediato aparece lo que dijo el 30 de enero en Espejo Público, y las respuestas a sus palabras en Twitter. La del médico Alberto García Salido es la que es y así la transcribí sin cambiar ni una coma. En la web de “Redacción médica” ha quedado lo que dijo el cirujano y lo que expresaron sus colegas bajo el título “Meter miedo mola”. También por Twitter, el doctor García Salido me recomienda educadamente que lea lo que escribió en jotdown.es pocos días después, el 4 de febrero: “Cinco sílabas para una epidemia”, y en un extenso artículo sobre el coronavirus finalizaba así: “Es tiempo de hacer lo que se necesita, tiempo de actuar deprisa con la determinación del que lo tiene todo pensado despacio. Leyendo bien el problema, recuerden el enunciado. Sabiendo que ante la duda no hay nada más importante que saberse completamente preparados”. Sigo pensando que le faltó generosidad con Cavadas, a él, a su compañero Juan Pablo García Íñiguez y a quienes siguieron ese hilo; algunos de los cuales me pedían que contrastara fuentes antes de escribir. Ahí están las fuentes. Siempre, siempre, antes de pulsar “enviar” conviene reflexionar, sobre todo en una red social como Twitter. Anticipo que si hay libro eliminaré los nombres de estos dos médicos en el penúltimo capítulo. En mi opinión su dictamen es un error, punto, pero por un borrón no merecen estar ahí. Dejaré los tuits entre referencias generales.

A horas de adentrarme en la fase 1, lo haré con cierto recelo, con mucha precaución y con el firme propósito de no saltarme una norma. Prefiero quedarme corto. Sé que es por el bien común. Tampoco pecaré de timorato, como me sucedió el viernes pasado al producirse uno de los encuentros más deseados. No estaba previsto, pero sucedió. De paseo en el turno correspondiente y a media hora del final, nos encontramos con mi hija Alba. Vivimos en la misma localidad, en domicilios diferentes, muy cerca el uno del otro y todos los días, absolutamente todos, hablamos por lo menos una vez por teléfono y conservamos nuestras imágenes por videoconferencia. Cada tarde, antes de salir a pasear, organizamos un “trifásico”, Alba, Estefanía –la primogénita, mamá de Martín- y yo. A menudo se unen Isabel y el pequeño. Una hora no nos la quita nadie. Risas, cosas serias y cotilleos. Prosigo al hilo del viernes: nos encontramos con Alba. Ella no llevaba mascarilla porque acaba de apagar el cigarro. Nos vimos y… chocamos los codos. Lo preceptivo, pero ridículo. Tampoco cruzamos demasiadas palabras, conservamos la distancia social, saludamos a una pareja que iba con ella y continuamos la marcha. Todavía hoy no ha dejado de reconcomerme la situación. ¡Tres meses sin vernos! ¡Mi hija! Y nos chocamos los codos. Lo hemos hablado y seguimos riéndonos de la estupidez. Hoy lunes, aunque nos falte por lo menos una semana para entrar en fase 2, habrá besos y abrazos. Lo juro.

Día 71 y último de Estado Alarmante. Echaré de menos pasar cada jornada “ocho horas tecleando en el ordenador”. No, no han sido tantas, pero alguna sí que le he echado a este desahogo. Sólo en una entrega dejé de hablar de Nines y me lo recriminasteis. Mi madre es una de los nuestros. Su historia vital es la de tantos y tantos mayores; su suerte, que lo pude contar. Lo curioso es que después de casi tres meses de abnegación se ha rebotado en el último capítulo. Es su carácter. Así es como este domingo se armó el belén:
-Hola mamá, ¿qué tal?
-Pues mal, qué quieres que te diga. Aquí estamos, en la habitación, Manola y yo, peor que en el Tercer Mundo.
Su enfado es muy evidente. Trasciende del teléfono. Intento serenarla.
-¿Qué es eso tan grave que ocurre?
-Pues que no nos sacan de la habitación. Que no nos bajan a misa (cada domingo, en el salón-comedor, por la tele). Y nos tienen aquí encerradas entre cuatro paredes. Y lo digo alto –me consta- para que me oigan.
-Según me han dicho –le comento-, están haciendo obras. Así que lo querrán tener todo listo para mañana (lunes)…
-¿Obras? No hay misa, no vienen las monjitas…
-Mamá, que no se admiten visitas desde hace tres meses, ni de monjitas ni de nadie.
-Y todo el día con la careta (mascarilla). Pues me la he quitado y me he salido yo sola a la terraza. ¡Ya está bien! Que nos tienen como en el Tercer Mundo.
-Y dale. ¿Cuántas veces has estado en el Tercer Mundo?
-Sé lo que me digo. Esto no puede ser. ¿Qué se han creído?
-Mamá, todos los días me dices que te cuidan, que te tratan muy bien…
-Eso es verdad. Pero hoy estoy decepcionada, enfadada.

Le molesta que no la hayan bajado al salón para seguir la Misa por televisión; así que todo lo que le diga le entra por un oído y le sale por el otro. Oye, pero no escucha. Para ella la misa dominical es sagrada; nunca hasta este día se había quejado. Tanto insiste que la regaño:
-Tienen que mantener las normas hasta el último día, mamá. Es su obligación.
-Pues hablaré con el que manda…
-¿Sabes que han fallecido más de 18.000 ancianos en residencias?
-Pues aquí, ninguno.
-Ahí tienes la prueba de que lo están haciendo bien. El próximo domingo seguro que ves la misa en el salón.
-¿Y nosotros, cuándo nos vamos a ver?
-Esta semana, casi seguro.

Se queda más tranquila, aunque no convencida. Ese carácter de Nines… Es la prueba de su buena salud. No necesita test para comprobarla. Cuando nos veamos, le daré todos los abrazos que desde FB me mandáis para ella. Son tantos que tardaré semanas en cumplir con la encomienda. Ojalá para entonces ya no haya contagiados ni fallecidos. En las últimas 24 horas repuntaron las muertes, de 48 a 70; los contagios, en cambio, disminuyeron, de 361 a 246. Pero las cifras siguen asustando: más de 235.000 infectados y 28.678 decesos, que son más. A tod@s los que habéis tenido la santa paciencia de leer hasta aquí, gracias. Si se publica el libro lo sabréis de inmediato. Y como ya queda menos para la “nueva normalidad”, insisto #animopacienciaysolidaridad

Julián Redondo

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