Madre, cuando lea esto estaré muerto

Marca sin vacilar el 024, si lo ves necesario.

 

Que hayas empezado a leer este texto es un indicio de que el tabú de la muerte no ha conseguido calar en ti hasta el punto de evitar cualquier referencia a la misma.

Me permito utilizar la que es la primera frase de Los perros del bambú como título de esta columna porque bien podría tratarse del inicio de una carta de despedida en un caso de suicidio. No tiene ese significado en mi última novela, en la que el protagonista prevé otro tipo de muerte, pero encaja también para esa forma de terminar con la vida.

Y celebro que te hayas animado a internarte en este artículo porque, lejos de lo que se pueda pensar, la mejor manera del afrontar el grave problema del suicidio es tratándolo y no ocultándolo.

Hablar, hablar y hablar sería la mejor manera de prevención. En cambio, el suicidio está imbuido de una densa niebla de silencio. No hace tantos años que la conducta suicida estaba penada por la ley. Y, tal como nos explicaban los profesores de religión, la iglesia católica lo considera pecado por lo que, según esta creencia, un suicida va directo al infierno. Partiendo de estos escenarios, no es de extrañar que siga siendo un tema tabú en la sociedad.

Hemos tenido durante dos años sesión continua en los medios de comunicación con problemas sanitarios globales como la pandemia. Sin embargo, pese a que la incidencia de muerte por suicido multiplicó por tres, por ejemplo, a la de accidentes de tráfico, es muy limitada la información y son muy escasas las campañas de información y prevención. Afortunadamente, en los últimos años, hay una mayor consciencia de la magnitud del asunto. Pero hay que tener mucho cuidado en cómo se trata este tema en las televisiones y otros medios porque el efecto contagio existe para las personas vulnerables si no se cuida la forma de dar la noticia. Cuando algún famoso se quita la vida es importante evitar los detalles, alejarse del sensacionalismo y centrarse en los mensajes preventivos.

Se trata de la principal causa de muerte externa (accidental o no natural) en todas las edades en España; aunque las estadísticas indican que se produce con mayor frecuencia en tres momentos de la vida que se corresponden con épocas de crisis evolutiva: la adolescencia, entre los 45 y los 55 años y a partir de los 70.

Cada 135 minutos hay un suicidio en España, y no es el país con mayores índices. Un dato alarmante es que esta cifra hay que multiplicarla por veinte si hablamos de tentativas. Hay menos suicidios que en el siglo pasado, pero han aumentado de forma progresiva desde 2008, coincidiendo con las crisis económicas y el auge de las redes sociales.

Son las mujeres las que realizan más tentativas y los hombres los que más consuman el acto. Se cree que la diferente educación en roles es el origen de ello. El hombre no llora, al niño se le regala una espada y no una muñeca, el varón afronta los conflictos de una manera más agresiva.

Las causas que incitan a una persona a terminar con su vida suelen ser múltiples y no una sola. Mi opinión es que en la actual sociedad hemos alcanzado una existencia deshumanizada en la que la soledad, la falta de solidaridad, la desconexión con la naturaleza, el enorme poder de influencia de las redes sociales, el cambio de estilo de socialización de niños y adolescentes, que con frecuencia interactúan con sus amigos más a través de una pantallita que en persona o el encumbramiento del consumo, de la popularidad mal entendida, del materialismo, de la banalización de la cultura, son, entre otras causas, las que nos han conducido a la actual situación.

Por ello, pienso que el problema es profundo, que emana de la deteriorada esencia de nuestra cultura, en la que los valores que daban soporte a las personas como miembros de un colectivo solidario, en donde la familia, los amigos o los vecinos, eran los principales psicólogos, han cambiado. El individualismo actual y la nueva forma de comunicarnos, propios de sociedades más urbanas, no ayuda en absoluto. Al derivar de lo más interno de nuestra actual cultura, me temo que esta lacra tiene soluciones complejas y lentas.

Algunas personas piensan que el suicidio es un derecho. Es un debate controvertido. Yo creo firmemente en la libertad individual. Pero cuando alguien llega a reclamar el derecho a provocar su desaparición es porque antes no ha tenido la oportunidad de disfrutar de su derecho a la salud mental o a disponer de una situación económica digna, entre otros. El suicida no quiere morir, quiere dejar de sufrir y solo ve la muerte como vía posible para hacerlo.

El suicidio en niños ha aumentado y suele venir relacionado con situaciones familiares insanas donde los conflictos son frecuentes y los signos de cariño pocos. O con procesos de acoso escolar, principalmente. En la tercera edad, donde también se ha incrementado, las causas son el deterioro cognitivo y físico y la deshumanización, a la que me he referido antes, con la que aparece, inevitablemente, la soledad. En personas adultas, los problemas económicos tienen mucho peso, pero las causas son muy variadas. La ansiedad tiene una presencia alarmante en nuestra sociedad y la depresión, a menudo invisible, alcanza grados muy importantes. Los adolescentes y jóvenes, a los que les hemos inculcado una noción idealizada del bienestar, con expectativas muy altas y a la vez difíciles de cumplir, se topan con un futuro lleno de incertidumbre. La ansiada independencia económica es, a menudo, imposible, mientras en televisión y en los móviles el torpedeo de publicidad incita al consumo y a perseguir una vida de dinero y de lujo con poco esfuerzo, que provoca una perturbadora distancia entre las expectativas y la realidad. También hay otras causas, como los desengaños amorosos. Por eso es fundamental una buena educación para la gestión emocional.

El presidente de la Sociedad de Suicidología, Andoni Ansean, afirma que la geografía o las situaciones climáticas no son determinantes y que lo que más influye es el aspecto cultural.

El Gobierno ha aprobado una partida presupuestaria de 100 millones de euros en tres años, pero siguen siendo insuficientes los medios humanos necesarios. Hay 25 profesionales de la salud mental por cada 100.000 habitantes, lejos de Suecia, con 150 o Finlandia, con 200. En España la lista de espera es de más de tres meses y no todo el mundo puede permitirse un gasto de entre 60 y 100 euros en cada consulta privada.

Me doy cuenta de que en la mayoría de mis artículos, cuando expongo mi opinión en cómo alcanzar soluciones a la problemática narrada, siempre termino en un mismo lugar: los colegios. De nuevo pienso que es en la educación desde las edades más tempranas donde está la solución sólida y duradera. Si se trata de un tema cultural, es en la socialización donde debemos actuar. Está bien destinar presupuesto a la prevención, pero, creo firmemente que se quedará en intentar evitar el desenlace en lugar de eliminar, desde la base, las causas que llevan a las personas a pensar en el suicidio. Primero deberíamos inculcar valores más humanos a las nuevas generaciones, con los que antepongamos la generosidad, la solidaridad, la autoconfianza, la familia, la verdadera amistad, el amor propio, la gestión de las emociones y otra serie de valores en declive, por encima del progreso desquiciado y alejado de la naturaleza, del consumismo voraz y del individualismo como sinónimo erróneo de libertad. Y en segundo lugar, debemos hablar del suicidio en las aulas (y también en las casas) para sacarlo de la categoría de tabú, para exponer las medidas preventivas y para empoderar a los niños y niñas y que sean capaces de crecer con buena salud mental y con herramientas resilientes con las que afrontar la vida.

El 024 es el número de teléfono para la atención a la conducta suicida. No dejemos de utilizarlo si lo vemos necesario para uno mismo o para un conocido.

Vicent Gascó
Escritor y docente.

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