Nomofobia y otras modernidades

La inteligencia emocional de una medusa.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia de todos los trastornos mentales aumentó un 50% a nivel mundial desde 1990 hasta 2013. La doctora Laura Rojas-Marcos, durante su conferencia del pasado 2 de noviembre, con el Paraninf de la UJI a rebosar, aportó un dato más actualizado y demoledor: tres de cada cuatro personas han pasado o pasarán algún episodio de ansiedad en su vida.

Son muchas las vertientes desde las que se puede abordar el asunto. En mi opinión, la principal es conocer las causas del significativo incremento de los desórdenes mentales, como punto de partida necesario para afrontar con eficiencia este grave problema.

En la historia de la humanidad la ciencia se ha ocupado, sobre todo, de las enfermedades del cuerpo. El cerebro sigue siendo el órgano más desconocido, tanto en su funcionamiento como en su tratamiento, y las perturbaciones mentales carecen, en la mayoría de casos, de terapias que garanticen al cien por cien la cura.

Es por este motivo que la prevención adquiere una importancia especial. La medicina occidental con mecanismos de diagnóstico muy desarrollados, con una cirugía muy evolucionada, y con una ingente variedad de fármacos, apunta de forma especial sobre las enfermedades cuando ya se han desencadenado. Y lo mismo ocurre con la salud mental. La prevención pasa a un segundo plano. De hecho, toda la industria farmacológica y los sistemas sanitarios, tanto ambulatorios como hospitalarios, están concebidos para atender —y para hacer negocio, en el caso de la sanidad privada, cada vez más extendida— a pacientes (y clientes) que ya han desarrollado las dolencias.

Solo es necesario un poco de sentido común para entender los motivos por los que nuestra sociedad sufre índices mayores a los de nuestros antepasados en desórdenes mentales. Un factor que puede alterar estos indicadores es el diagnóstico. Es evidente que hoy en día se diagnostican muchas dolencias mentales que antes pasaban desapercibidas porque los afectados y sus familiares las padecían con resignación, sin acudir a los profesionales de la salud mental. Pero, aun así, no podemos negar que ahora son muchas más las personas que no encuentran paz en sus existencias. Las estadísticas sobre estudios realizados en EEUU. son extrapolables a otras sociedades occidentales: la ansiedad, predominante en culturas anglófonas, seguidas de culturas latinas y europeas mediterráneas, es mucho más frecuente en mujeres (63% frente al 37% de hombres); el tramo de edad más afectado es el comprendido entre 30 y 44 años, seguido de la adolescencia, etapa vulnerable que ha experimentado un incremento notorio en la última década. En relación al nivel cultural, es más frecuente en los segmentos con menor grado de estudios.

Junto a causas de orden fisiológico o genéticas, existen otras que inciden de forma poderosa sobre la posibilidad de padecer ansiedad y otros trastornos mentales. Vivimos en una cultura desconectada de la naturaleza, de nuestros semejantes y de nosotros mismos. Afortunadamente, hace unos días escuchaba a una madre decir que en el colegio a su hijo pequeño le preguntaban cómo se sentía y le enseñaban a expresar sus emociones y a disponer de vocabulario para definirlas. No fue así en generaciones anteriores, no tenemos las herramientas para testar nuestro estado anímico y saber definirlo. La toma de consciencia de cómo nos sentimos es el primer paso para poder gestionar nuestras emociones. Ya hace unas décadas que diversos autores, en especial Daniel Goleman, que fue quien acuñó el término “Inteligencia Emocional”, nos explicaron la importancia de conocer y gestionar las emociones para ser más felices, para tener relaciones sociales sanas y también para ser más productivos en nuestras profesiones. En cambio, esta es una asignatura pendiente en la educación y en el desarrollo dentro de nuestra sociedad.

El sentido de pertenencia, que antes era algo natural, en base a la familia, a los vecinos, a los compañeros de trabajo y a los amigos, se ha desvirtuado pasando de una relación estrecha y directa a otra más superficial, a menudo virtual; y de tener un sentido colaborativo y de apoyo a otro mucho más competitivo.

En sociedades con altos niveles tecnológicos los desórdenes mentales son frecuentes. La alienación de las pantallas es una constante, bien sean de televisión, con programas que se limitan a entretener sin atender a la calidad ni a un propósito educativo o informativo; bien sean de los teléfonos móviles y ordenadores, que han provocado nuevas adicciones: las de las tecnologías digitales, con la necesidad de estar conectados a nuestros dispositivos (nomofobia) o a figurar en las redes sociales con una imagen cosmética de nuestras vidas, entre otras. Los juegos virtuales también están produciendo otros tipos de ludopatías. La reciente aparición de estas anomalías y la velocidad con que se desarrollan las tecnologías impiden que existan estudios fiables y terapias contrastadas para unas enfermedades y alteraciones que van surgiendo a medida que nacen nuevos dispositivos y softwares.

El sentido que la sociedad de consumo ha dado a nuestras existencias está deshumanizado. A los poderes económicos les interesa que nos limitemos a ser productores y consumidores, castrando nuestro sentido analítico y crítico; quieren un rebaño educado para la resignación y la docilidad, y manipulado hábilmente con los medios de comunicación para mantener la creencia de que la felicidad reside en la posesión de cuantos más bienes mejor y para confundir la realidad con la apariencia.

Pero esta falta de trascendencia y de espiritualidad en nuestras vidas tiene un precio. En el fondo, las personas se sienten vacías: vivimos para trabajar, a menudo en ocupaciones que detestamos —con jefes con la inteligencia emocional de una medusa y con niveles altos de distrés (estrés negativo)— para poder comprar y perpetuar la sociedad del bienestar, que es una falacia. Mantener la comodidad física y la celeridad con que exigimos la recompensa supone un sacrificio y tiene consecuencias.

Hay estudios que también relacionan las dietas inadecuadas y la falta de sueño reparador con la ansiedad. En España, el 25% de los jóvenes consumen ansiolíticos o dependen de pastillas para poder dormir. Nuestro país está a la cabeza en el uso de estas drogas legales, la mitad de las cuales se pueden adquirir en las farmacias sin prescripción médica. El cambio en la escala de valores de nuestra sociedad y en el rol de los padres ha generado un mayor número de niños y jóvenes que tardan en asumir sus responsabilidades, pero que se creen con todos los derechos, lo que ha traído bajos umbrales de frustración y un alto nivel de rechazo al esfuerzo. Cuando hay que afrontar las inevitables dificultades que conlleva vivir aparecen los sentimientos de rabia y, a menudo, de baja autoestima y de desesperanza.

Laura Rojas-Marcos nos aconsejó la “respiración cuadrada” como método sencillo y rápido para aliviar la ansiedad. Consiste en inspirar durante cuatro segundos, mantener el aire en los pulmones durante el mismo tiempo, expirar otros cuatro segundos y dejar los pulmones vacíos ese mismo tiempo antes de volver a inspirar. Yo lo practico a menudo y repetirlo varias veces funciona, incluso para conciliar el sueño. También otras técnicas como la meditación o el yoga son muy efectivos.

Pero, para la prevención, la solución principal de nuevo subyace en la educación. Si queremos prevenir los trastornos mentales y alcanzar una existencia más plena es necesario educar desde la infancia en la gestión de las emociones, en las relaciones interpersonales sanas y colaborativas, en un código social más humano, en comportamientos que no den la espalda a la naturaleza, que es nuestra esencia, y, en definitiva, en una vida basada en el amor propio y el amor a los demás.

Dentro del programa que la editorial Unaria organiza vinculando literatura con diversos temas de interés y de actualidad, el lunes 14 de noviembre participaré como ponente junto a Estela Ferrer en la charla “Literatura y salud mental” en la sede de Unaria, a las 18.30 horas. Estaría encantado de contar contigo en la exposición y en el posterior coloquio.

Vicent Gascó

Escritor y docente.