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Orígenes

 

En la mañana de aquel viernes, ( víspera de mi cumpleaños ), mis padres, tras ajustar nuestro alojamiento en Casa Turch, tenían gestiones pendientes y a ello fueron.

Quedaron mis hermanos al cuidado de mi bendita abuela Joaquina. Yo obtuve permiso para conocer aquel pueblito. Naturalmente fui corriendo a ver La Mar.

Aquel puerto de juguete, abierto, paseable, de faro no muy alto, aguas claras, barcas recias con cascos de madera, muelles y escolleras bullentes de cangrejillos y tachonados de lapas, fondos punteados de erizos, y sin mas pretensión que dar los servicios imprescindibles, me puso en la cara una sonrisa que aún no se ha borrado.

No recuerdo cuantas vueltas le di, a paso vivo, admirando cada rincón y cada perspectiva, oliendo su salitre, haciendo crujir con las sandalias montones de escamas que se apelmazaban junto a rimeros de cajas mil veces usadas, escuchando martilleos, sorteando los cabos adujados, saltando por no pisar arte alguno, disfrutando a cada paso de una belleza sobria y activa. Y sobre todo, escuchando palabras de una lengua que sentí nueva y próxima. La que un año más tarde ya me era propia. La que uso con cariño y con los míos.

Reventaíto de tanto correteo, tomé un descanso, y me senté en el suelo, apoyada la espalda en el Moruno, con la Nika cercana, luciendo limpia y tranquila en la encalmada del mediodía. Vibraba en paz el aire. Se consumió el Benson que le había ventilado a mi padre. Supe que ese era mi puerto, mi casa y mi patria para siempre. Y así es aun, después de tantos años, tantas risas y tantas cicatrices.

Me premió la vida esa mañana, con la certeza de haber llegado al principio de una alegría que aún me acompaña.
La misma que hoy a ustedes les deseo.

Manolodíaz.

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