Parirás con dolor

Su hija tiene 2 años. El padre de la criatura, con el que mantenía continuas broncas, se la dejó tirada cuando estaba embarazada de 3 meses, en mitad de un charco de sangre.

 

Era una amenaza de aborto, consecuencia de las muchas tensiones. Él se fue de casa, le dijo que lo que llevaba en el vientre no era un hijo suyo, sino un hijo de la ciencia. Dio un portazo y desapareció. Ella tenía prohibido moverse del sofá, así que las amigas nos encargamos, durante un mes, de llenarle la nevera de tuppers y de recogerla y devolverla a la casa cuando le tocaban las visitas ginecológicas.

Al final no hubo aborto y, pasado un mes y medio, él volvió con sus promesas, con su eterna liturgia: propósito de la enmienda, dolor de los pecados, arrepentimiento… y la tuvo confundida tres meses más. Un día amor y dos odio, la fórmula magistral para dudar de tus propias percepciones, pura perversión sibilina propia de los maltratadores de guante blanco. Ella, licenciada en ciencias, doctorado brillante, empresaria con un negocio que casi funciona solo y con varias personas empleadas a su cargo, se convirtió en una piltrafa zombi que aguantaba sin rechistar la nube toxica de sus desprecios.

El embarazo seguía adelante. Y un día, no se sabe cómo, decidió largarse de aquella casa, aprovechó que él estaba fuera, lo hizo muerta de miedo y con la vulnerabilidad que siente toda mujer embarazada, pero con la fuerza que te da el cóctel de hormonas que genera el embarazo, quizá para defender eso que llevas dentro.

Se fue de casa, desapareció. Los amigos le hicieron la mudanza exprés a quince días de parir. Parió sola con más miedo a que apareciera él que al propio parto. Dio órdenes de que nadie entrara en la habitación, solo su familia y amigos, pero a él eso poco le importó. Allí se presentó en el Hospital, lleno de ira. Lo dijo varias veces: “vengo a quitarte a la niña porque es mía”. Se armó el número, vino la policía. Luego no cesó de merodear por la casa de ella, se sentía vigilada e insegura. Ella se cambió de ciudad. Luego vinieron las cartas amenazantes y la orden de alejamiento por la sarta de barbaridades escritas.

Él se lo ha dicho claro y le ha jurado que esa niña no la va a disfrutar. Es un perro rabioso. Ella teme, y sueña pesadillas, y se queda sin respiración cuando ve al “monstruo de Tenerife”, al parricida de Castellón o al de Godella, la reiterada violencia vicaria que condena a las mujeres a estar muertas en vida cuando ven morir a sus hijos por venganza. Ella se ahoga en taquicardias y ha conseguido una lesión en el corazón, se ha tenido que operar para mitigarla. Pero todo esto no cuenta, hay que respetar los derechos del maltratador, de un padre que lo es por la ciencia y al que solo le importa esa niña en la medida que se siente recuperar el control y el poder sobre esa mujer que un día le plantó cara.

La niña empezó con las visitas de su padre a los 18 meses, luego pernoctas de fin de semana, ahora las semanas de vacaciones. Se saltó dos veces la orden de alejamiento, pero el juez le ha absuelto porque considera que los encuentros fueron “fortuitos”. Del episodio del hospital, no se ha encontrado el parte de la policía. Pero los padres con órdenes de alejamiento por violencia, tienen sus derechos, derechos que prevalecen por encima de una niña que quiera o no, llore o se muera de pena, está obligada a irse con un extraño. El extraño la devuelve, de momento, enferma, sucia, mal cuidada. Ella no sabe qué pasa allí, pero como él paga la pensión, aunque con retraso y sin actualización del IPC, tiene derecho. Ella vive la condena de cualquier madre que tiene que dejar a lo que más quiere, a una hija indefensa que todavía no habla, en manos de su declarado enemigo. Eso los jueces no lo contemplan.

Y, ¿Dónde están los derechos de esa menor? ¿Quién vela por los intereses de una niña que se duerme lactando? ¿Quién contempla los deseos de una niña que cuando pasa por el cuartel de la guardia civil, donde la recoge el padre, grita: “mami no, ahí no”? ¿Cuántos hijos de hombres con medidas de alejamiento por violencia hacia las mujeres tienen que morir más para que los que hacen las leyes pongan mínima cordura a estas situaciones? ¿Quién curará la herida de esos pequeños que solo importan para dañar a sus madres?

Ella sueña con vivir en paz, pero aquí no hay justicia que la proteja. Y seguirán los parricidios y seguiremos llenando líneas, porque las leyes se aplican sin poner en la ecuación la sensibilidad de los elementos sensibles. Y volveremos a leer en las noticias “una vez más fallaron las medidas de protección” porque dos mil años después de aquella maldición que nos cayó de quienes se erigieron acreditados para escribir la doctrina “sagrada”, hoy otras doctrinas avalan la peor condena al dolor que puede tener una madre.

Lorena Pardo. Periodista