Prescindibles

No soy médico, ni tan siquiera virólogo, profesión que se ha reproducido últimamente como los hongos, sí puedo, moralmente creo que tengo derecho a ello, declararme tan experto en el tema como aquellos que supuestamente rodeaban en su día al “Dr”. Illa y al Dr. Simón.

Me ha animado a escribir estas líneas un titular que pude leer ayer, creo sinceramente que el único titular cierto de toda la pandemia: “La Asociación de Vacunología dice que los antídotos son seguros”

He marcado en negrita la palabra antídotos por ser la primera vez que alguien llama a las cosas por su nombre cuando se refiere a la falsas vacunas.

Una reflexión previa: ¿Se han fijado ustedes que la Covid-19 es la primera enfermedad de la historia en la que se ha intentado crear una vacuna antes de buscar un tratamiento? Incluso a aquellos médicos que han osado hablar de tratamientos, al menos paliativos, para la enfermedad se les ha tachado casi de locos.

El gran negocio de la industria farmacéutica se puso inmediatamente a trabajar en el mismo momento que “olió la sangre”.

Prescindible no es más que aquello referido a una persona o a una cosa de la que se puede prescindir.

Bien, pues parece que las personas entre 60 y 65 años somos, me encuentro en esa horquilla de edad, prescindibles. Para esas edades se ha reservado la hasta ahora única “vacuna” con efectos secundarios graves como son los coágulos y las trombosis que ellos generan, la de AstraZeneca.

Sí, sí…no se me subleven…parece que estos graves efectos secundarios afectan a un solo individuo, así denominan a los prescindibles, por cada millón de personas, los supervivientes, a los que se les administra el inyectable.

¿Y si le toca a usted, o a uno de sus familiares? ¿Seguirá pensando, como los “expertos”, que los beneficios superan a los riesgos? Si es usted sincero, responderá que no.

De verdad alguien puede exigirnos responsabilidad y buenos hábitos en un asunto donde se nos ha mentido y se nos sigue mintiendo a diario.

Cuando no faltan jeringuillas, faltan “vacunas” y cuando hay de las dos cosas faltan sanitarios que inyecten las dosis. Nos toman el pelo con mascarilla sí, mascarilla no, destrozan nuestros más básicos derechos fundamentales y libertades con, además, agravios comparativos como los ocurridos en los desplazamientos y crean ciudadanos con 17 categorías diferentes, una por autonomía.

Por último, no me gustaría terminar este artículo sin rogarles que no caigan en la trampa. Se ha instaurado, porque la han promovido, la “policía de balcón”, que el vecino denuncie a su vecino, algo que me recuerda a la gracias a Dios desaparecida República Democrática Alemana. Sí consiguen enfrentar a españoles contra españoles, a vecinos contra vecinos, habrán ganado la batalla de robarnos la libertad y habrán conseguido borrar el pequeño sentimiento de Nación que aún nos quedaba.

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