Prima Volta. (I)

Con la venia: A bocanoche, en la puerta de su casa, ella me miró a los ojos. Sonrió, mientras sacudía unas imaginarias motas de mi solapa, y con un susurro hechicero sentenció:

 

– Manolo, ya van para seis meses que nos ven juntos, y la familia y la gente pregunta. ¿ Qué tal si el domingo vienes a la villa, te presento a mis padres, y te quedas a comer una paella con todos nosotros, que a mi madre le salen muy buenas ? Así serán las cosas más formales ¿ No te parece ? –

En ese instante todos los arcángeles pintados por Domenico di Giacomo di Pace Becafumi, ( Monteaperti 1486-Siena 1551), bajaron de lienzos y murales para aletear desde sus pestañas. En justa correspondencia, mi mandíbula inferior descendió hasta chocar con mi esternón, batí el récord mundial de bizqueo, y la expresión de cualquier cordero degollado era bastante más respetable que la mía.

Mi juvenil inocencia ignoraba lo terrible de la situación. Estaba sufriendo el Temible EfectoTúnel en ese preciso momento: Yo, ( yo mismo y no otro ), era Tony el de los Sharks. ¡¡¡ Tony con María en la escena del gimnasio de West Side Story !!!

Para más inri, ella lucía un vestido amarillo, con escote barco, mangas de farolito, y falda mini de capa. Las bailarinas le sentaban como si las hubiese pintado Boticelli.

¿ Cómo no ? Sucumbí encantado. Dije que síííí, que aceptaba, que de mil amores, que muy agradecido, que… que… Que me puso un dedo en los labios, para callarme de una vez, abrió la puerta, ganó el ascensor, me envió un beso con la mano, y desapareció. Quedé ante la reja, mirando embobao la cerradura como el zorro al gallinero, en la exacta frase de Gardel.

De camino al domicilio paternal me estalló de arriba abajo toda la primavera. Me volví de almíbar denso todo yo. Había nuevas hojitas en todos los arbolitos, notaba el perfume fresquito de su media melenita en todas las brisitas. Vencejos, cornejos, y aún conejos, trenzaban sus tonterías de cortejo. Iba cantando, silbando, saludando, dando pasos de baile, absolutamente estupidizado y feliz. A mis dieciséis junios…¡¡¡ Iba a tener novia !!!

¡¡¡ Entrando en casa !!!

Dicen las crónicas familiares que cené, o así, tras dar la fausta noticia, que no fue mal recibida. También cuentan que mis nalgas no tocaban la silla, ni mi lengua paraba. Aseguran que mis hermanos estuvieron silenciosos con los ojos redondos, mientras mis padres enarcaban las cejas, me miraban de reojo y murmuraban ayayáis.

¿ Dormir ? Pues si que dormí, pero no antes de subirle los colores a la almohada. Avergonzada quedó la pobrecilla. Del sueño solo sé que no quería despertar, y que fue más profundo y húmedo que la Fosa de las Marianas.

Amaneció el sábado. De buena mañana ella se excusó por teléfono; tenía tareas familiares y no podríamos vernos. Me dio la dirección de la villa y la ruta a seguir. Luego nos dijimos ternezas mil, las repetimos, las dejamos deshilachadas por el uso. Logramos irnos a nuestros quehaceres después de tres cuartos de hora del cursi y maravilloso cuelgatú/noquetetocaatí.

Dediqué pues las primeras del día a prepararme, a buscar la combinación mas elegante de mis ropitas más modernas, lustrar mis zapatos todos, ( por si los acasos ), afinar mis chistes, repasar mis mejores maneras. Los espejos se aburrieron de pruebas, poses, y bobas sonrisas.

Mi familia, mas harta aún que los espejos, pretextó alguna gestión sabatina ineludible para huir de casa, y aproveché la ocasión. Envolví de regalo para su padre un vino francés que guindé en la bodega del mío. Monté para su madre, con las reglas del arte, un ramo de flores procedentes del intocable y sacrosanto jardín maternal.

En un arranque de inspiración incluso corrí a la peluquería de la calle Santos Vivanco, para que me esculpieran a navaja mi rebelde pelo, ante el cabreo de Paco-el-Gola, que barbotaba letanías de improperios, dándole furiosos mordiscos a su eterno puro, mientras me trabajaba lo que llamó : » ¡ Brúp, únamontoná, ejúm, defíl, ejúm, darám brúp, alcáp, dúncabró, brúpjúm ! »

Bien entrada la tarde volvieron mis deudos, que me encontraron dormido en un orejero, con una gasa lacada y atada en la testa para no despeinarme, sin haber comido nada, y tan sonriente como si tuviera en la mano una quiniela de catorce.

Mi padre impuso orden, mi madre método, mis hermanos una cierta sorna. Esta variante del sistema cartesiano produjo calma, cena, comentarios suaves, y deseos de que todo anduviera bien.

La almohada se asustó un poco al ver la gasa en mi cabeza, pero me recibió con su cariño acostumbrado. La ruboricé, y dormimos entrelazados.

( Continuará… )

Banda sonora recomendada :
Exultate, iubilate. Kegel 165/158a. W.A. Mozart.
ZDF Adventskoncert 2016.
Régula Mülhemann. Soprano.
Orquesta de la Staatskapelle. Dresden.
Dirige : Andrés Orozco-Estrada.

Manolodíaz.