Prima Volta ( II )

Con la venia: Un muñequito de gelatina sobre el lomo de un dóberman nervioso; ese era yo, aquella mañana de domingo.

 

Tras el acostumbrado duchazo largo y frío, mi madre, a la clásica usanza california para procesiones y exámenes, me empechó un desayuno contundente, y me hizo beber más de media botella de Agua de Azahar, ( remedio cartagenero soberano ), con lo que me apacigüé lo suficiente para no tropezar con mis propios pies. Subí a mi dormitorio para cambiarme.

Vestíme, calcéme, peinéme, laquéme, repaséme y recontrarrepaséme. Cuando bajé a la sala de estar recibí los parabienes de mis padres, y el unísono ¡¡¡ Manóóólo !!! de mis hermanos. Recogí los presentes, y una caja de bombones para la guapa moza que mi madre, remediando un despiste mío, me puso en la mano.

Mi padre me espetó: – Manolo, hijo, el mundo no se acaba hoy, si acaso empieza. No te me disminuyas. Sosiego y buenas maneras. Así podrás con todo. ¿ Estamos ? –

Acompañado por la familia salí al jardín a esperar el taxi. Hay en un álbum una foto mía de aquel momento, junto al sicómoro, con el enorme rosal de fondo, y la luz bendita de mi Grao dorándolo todo. Tal vez por eso parezco guapo.

Puntualmente a las once horas, Paco el Orondo atracó su berlina reluciente ante la verja. Saludó, y festejó mi aspecto diciendo que nunca había llevado a un novio tan bien plantado.
Se ajustó mi recogida para las cinco de la tarde. Subí a bordo, junto a Paco, y arrancamos. Cuatro manos felices dibujaron alegrías al despedirme.

Recité la ruta, que traía anotada, Paco alzó las cejas dos veces, me miró, y murmuró un Vamosallá. Me recliné, callado, por descansar un poco, y porque si el piloto no da conversación no se le distrae.
Un tantico enrevesado fue el viaje. Cuando tras un rato salimos del asfalto, lejitos de la civilización, tomamos unos caminos de tierra, y por fin llegamos a destino. Junto a la reja abierta me esperaban hija ( confirmé ) y madre ( deduje ).

Paco pasó de largo la puerta, levantando una polvareda que hizo retroceder a ambas mujeres, y condujo hasta un cruce cercano, donde dio la vuelta con pericia para aproar la salida, lo que me proporcionó tiempo para mirar la construcción con ojo analítico.

Sabéis sin duda que mi señor Don Quijote veía gigantes donde molinos había, castillos que posadas eran, palacio leyó en la humilde choza de Aldonza Lorenzo. Pero claro, el Caballero de la Triste Figura no había recibido las rigurosas lecciones de dibujo y perspectiva de mi progenitor, el cual nunca dejaba pasar nada por alto, ni admitía bobadas. Además enseñaba a usar la MiradaBisturí, y prohibía las gomas de borrar, tanto físicas como mentales.

Que sí. Que bien. Que no estaba sobrepasada de proporciones, aunque un poco grandota de más si que era. Correctamente pintada de blanco con detalles en rojo y azul, la cerca bien puesta, el seto recortado, pozo, alberca, frutales y cultivos cuidados, parra frondosa, rosales, geranios, calas. Un trabajo honrado, limpio, bien, pééérooo…
Que sí. Que lo tu quieras, que no discuto nada… Pero después de tanta VillaVillaVilla, (os juro que cuando ella lo decía se oía la uve mayúscula), pues que me esperaba yo otra cosa, mira tú, no una linda y lejana alquería.

Seguro qué los más añosos recordáis aquella serie famosa de Desi Arnaz y Lucille Ball que «Yo quiero a Lucy» se llamaba. Como toda serie tenía una productora. ¿ Os viene a la memoria el nombre de tal empresa ? Os doy pistas; estaba compuesto por dos sílabas dél y una della, y definía con cierta sorna mi estado de ánimo. Sin duda ya lo habéis deducido, no esperaba menos. En efecto: DESILÚ PRODUCTIONS.

( Continuará )

Banda sonora recomendada:
Decca Records – 448119-2 (1995).
Giuseppe Verdi & Francesco Maria Piave.
La Traviata. Obertura. 03:33
Orquesta de la Royal Opera House.
Dirige Sir Georg Solti.

Manolodíaz.