Un mes en la miseria de Calcuta

27 jóvenes de Castellón pasan un mes de voluntariado en Calcuta

El miércoles 31 aterrizaba el avión en el aeropuerto de Manises, en Valencia. Para 27 jóvenes de Castellón el mes de julio ha pasado muy rápido, pero a partir de ahora su vida será diferente. Durante 20 días han convivido en Calcuta (India) con las Misioneras de la Caridad, las religiosas fundadas por la Madre Teresa, y gente pobre, muy pobre, como la familia con cinco hijos – de meses a siete años – que vivía en la acera, enfrente del albergue de la iglesia Baptista donde se alojaban. La experiencia ha tenido momentos duros, pero nadie se arrepiente de haberse inscrito a esta propuesta de la Delegación Diocesana de Juventud.

Nada más llegar a Calcuta, el viajero es agredido por el calor sofocante, el ruido y los olores: “A suciedad, mezcla de humo con comida, carne podrida, heces y orina. Te quedas muy impresionado”, describe Manuel Díaz, nuevo subdelegado de pastoral juvenil que acompañaba el grupo.  A primera hora de la tarde se inscriben como voluntarios. Con ellos hay americanos, franceses, japoneses y otros españoles, que constituyen el grupo más numeroso: “A pesar de lo que se pueda decir de la sociedad española, los jóvenes responden y estamos viviendo brotes de esperanza”, asegura Díaz.

El día siguiente comenzaron los servicios en los diversos hogares de las Misioneras de la Caridad: Shishu Bhavan para bebés abandonados, Prem Dan para los ancianos, Shanti Dan para chicas y mujeres discapacitadas, Nabo Jibon para chicos y hombres discapacitados, Daya Dan para niños discapacitados y Nirmal Hriday, la casa de los moribundos, “el primer amor de la Madre Teresa”. A algunos se llega a pie; otros necesitan una hora de viaje en autobuses abarrotados.

Por la noche, los jóvenes comparten sus experiencias. Una chica de 19 años, estudiante de enfermería, explica que una “sister” la llamó para ayudarla con una mujer en Nirmal Hriday. Cuando la religiosa comenzó a retirar la venda de la cabeza, vio que tenía perforaciones en el cráneo llenas de gusanos: “Cuando la hermana me pidió que comenzara a retirarlos me cogió de todo. Pero experimenté lo que dicen de ese lugar, que quitando los gusanos sanas tus propias heridas del corazón”.

Otro joven atendía a un muchacho que estaba como ausente. Le tomó de la mano y recordó una frase de la Madre Teresa: “No existen las mantas que abriguen el corazón; solo un corazón ardiente lleno del amor de Cristo puede abrigar”. Comenzó a orar con los ojos cerrados para que pudiera sentir el amor, y de repente fue él quien comenzó a emocionarse. Cuando abrió los ojos, vio que el muchacho lloraba, y así pasaron casi una hora.

Un jueves fueron a visitar la casa de los leprosos. Los voluntarios no ayudan allí, pero sí pueden ir a conocerlo. Los que están mejor tejen los saris de las hermanas y las sábanas. Por la noche varios jóvenes manifestaban el escándalo que les provocaba la pobreza extrema: “Algunos estaban en shock y se preguntaban dónde estaba Dios. Entonces aprovechamos para hablar de cómo Cristo no erradica la pobreza pero que sí puede transfigurar nuestras heridas con la fuerza de su resurrección”, explica Manuel Díaz.

Si estos jóvenes han vuelto cambiados, no es solo por haber realizado un voluntariado. Ha sido la ocasión de descender a un nivel más profundo. “Hemos tocado la miseria de Calcuta, pero también nos hemos encontrado con nuestra propia pobreza al enfrentarnos a nuestras limitaciones para entregarnos. Entonces hemos experimentado la gracia de Dios para poner un poco de amor en nuestra vida cotidiana. Ahora hay que poner el fuego de la compasión en las ‘calcutas’ de nuestra vida, en esos lugares donde hay sufrimiento, y pienso que los jóvenes vuelven convencidos que para ello es necesaria la oración”, concluye Manuel Díaz.

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