Verborrea infinita

75 aniversario del Rollo y Caña

Alrededor de 150 personas se reunieron la tarde de ayer en el Auditori i Palau de Congressos de Castelló con motivo del concierto de la Banda Municipal, anunciado como homenaje al 75 aniversario del Rollo y Caña. Destacar la presencia de las reinas de las Fiestas de Castellón y sus respectivas cortes de honor, la de los familiares de José García, autor del pasodoble Rollo y Caña, familiares y autores de las obras de nuevo cuño: Las Carboneras de Nalón y 8 de Febrer, familiares de los músicos en prácticas que tocaban en la Banda, acompañantes de los músicos de la Banda, músicos jubilados de la misma y contados miembros de la corporación municipal.

Un concierto en familia que, sin desmerecer a los presentes, tuvo grandes ausencias: el público, y las máximas autoridades municipales representadas en quienes ocupan los cargos de alcaldesa y concejala de cultura, a quienes tan solo podría excusarles el hecho de tener un compromiso.

Entrados en el acto, destacar que la Banda Municipal de Castellón sonó como nunca. En sus casi 100 años de existencia, nunca había sonado así, ni las músicas más conocidas y emblemáticas que se tocaron, habían sido interpretadas de tal manera por esta Banda, incluido el período de siete años, durante el que, oído al mantenedor del acto, cronista de la ciudad, la Banda no tuvo director.

Sea como fuere, el hecho es que José García, autor del pasodoble que se pretendía homenajear, sufrió cornada con dos trayectorias. La primera de ellas en la cara interior del muslo derecho cuando el presentador, desveló que el final del Rollo y Caña coincidía con el final del Himno Regional Valenciano (ahora de la Comunidad Valenciana), y que fueron otros dos personajes quienes deshicieron tamaño entuerto. La otra cornada, fue semejante a la sufrida por Francisco Umbral en aquel mítico programa de televisión en el que espetó: “yo he venido aquí a hablar de mi libro, y aquí se habla de todo menos de mi libro y el tiempo se está acabando. Así que, si no voy a hablar de mi libro, me levanto y me voy”. Pepito García tiene otro temple. Su alma es de otra pasta y resistió los embistes de quien no paró de otorgarse parabienes por haber estado como protagonista en todos los ajos.

Llegado el momento, el mantenedor presentó a quien debería dirigir aquel concierto homenaje como “la estrella de la noche”. Acto seguido, la estrella, entró en escena para oscurecer a toda una formación vestida de gala, ante la que apareció con una corbata verde acoplada a un simple traje sastre.

El funcionario municipal tomó la palabra y, haciendo un alarde de verborrea infinita, pretendió justificar el vínculo que las obras programadas tenían entre sí: la música de antes, la música de ahora, la música de la calle, la música del auditorio, los pasodobles, la música sinfónica, el pasado, el futuro, el diálogo intergeneracional… hasta que se paró de forma significativa en dos de las obras programadas cuyos compositores estaban presentes: Las Carboneras de Nalón de la compositora María José Belenguer, destacando que la había incluido en este programa por ser mujer con una obra que habla sobre las mujeres… y 8 de febrer, que el autor dedica al aniversario de boda de sus padres. Refirió también que ambas obras habían recibido premios en concursos de composición.

Mucho hablaron pero poco dijeron ambos oradores sobre la figura de José García y de su obra. Además de crear en Castellón la Banda de la Beneficencia para niños sin recursos, y de realizar trabajos de investigación y recuperación de músicas, danzas y canciones populares para la Sección Femenina, José García fue un excelente pianista, organista de Lledó, maestro en el Instituto Ribalta y en las Escuelas Pías, y un excelente compositor que, además del Rollo y Caña, es autor del también emblemático pasodoble Gayata Sindical y de un Cancionero en el que vuelca toda su inspiración.

Mucho tocó la Banda. Tanto, que casi no cupo el Rollo y Caña.

Al terminar, los familiares aplaudieron. Pero hubo quien se fue de allí sin una mísera placa conmemorativa, tras un acto vacío de contenido y emotividad.