Vergüenza en el cine

O el arte de cómo arruinar una película sin que se sepa.

 

Desde hace ya bastante tiempo, en el cine se comen palomitas o chuches que normalmente venden en el propio vestíbulo; en teoría está prohibido entrar comida que no se haya comprado allí. Pero a las palomitas hemos ido añadiendo algunos extras: maíz tostado frito (kikos, según su nombre comercial pero generalizado), pipas; sí, sí, de verdad, tal cual.

Lo último que he visto, y deduzco que aún no acabará ahí la cosa, ha sido gente con bolsas de una conocida marca de hamburguesas, que, evidentemente, no se vendían en el cine. En realidad, lo de dónde se vendan es lo de menos. Lo de más es el hecho de que estés tan tranquilamente intentando ver y oír una película y no puedas porque tu vecino de butaca está dándose un homenaje por todo lo alto con el contenido de la susodicha bolsita.

Este (el vecino) podría alegar que la sesión de la proyección era tarde, que tenía hambre, que tenía que cenar o cualquier otra chorrada por el estilo; en cuyo caso, se le podría haber dicho también que “ahhh, se siente”: que cene más tarde, que hubiera comido antes de entrar o que no vaya a esa sesión.

Sin embargo, lo que realmente me da vergüenza no es lo que le podría haber apuntado al de las hamburguesas (en este caso era la de las hamburguesas), lo que me da vergüenza y mucha es que se hayan perdido de esa manera, los modales, el saber estar, la educación.

Que no es sitio el cine para comerse una hamburguesa, y no, tampoco es un picnic de coleguitas al aire libre. Es un sitio donde hay que estar en silencio, y en actitud de disfrutar de la película. Que luego no te gusta, pues te levantas y te vas, o te quedas pero sufriendo en silencio.

Tampoco es lugar para contestar las llamadas del móvil, ni siquiera para estar consultando los whatsaps. Recuerdo que es un espacio donde se está a oscuras, y cualquier luz de un móvil cercano o no tanto deslumbra y molesta, sí, molesta, de la misma manera que molesta que casi en cada escena haya que hacer algún comentario al o la acompañante. ¿Quieres hablar? Tómate un algo en una cafetería, tranquilamente. Pero respeta que yo haya decidido ver una película en pantalla grande, que me fascina, y déjame oír los diálogos, por favor.

Alguien podría pensar que soy poco tolerante, que soy muy sensible… Bueno, opiniones habrá para todos los gustos. Ahí lo dejo.

Elena Rodríguez Illescas
Docente discente