Año Nuevo en cristiano

Carta del Obispo para este domingo

Acabamos de comenzar un nuevo año. En estos días nos felicitamos y nos deseamos un “feliz y próspero año nuevo”. Hay quienes, incluso, se felicitan por el final del año viejo por las malas experiencias vividas a lo largo del mismo, esperando que en el nuevo todo vaya a mejor y quede superada la pandemia que nos aflige.

            Hace unos días me llamaba un joven para desearme una buena salida y entrada de año. Y me preguntó cómo lo iba a celebrar. Le respondí que lo celebraría rezando para dar gracias a Dios por las innumerables gracias recibidas a lo largo del año viejo y para pedirle su bendición en el nuevo año para todos. Y le dije: así se comienza un nuevo año en cristiano. Mi buen amigo se echó a reír.

            Pero ¿cuál es el verdadero sentido del año nuevo para un cristiano? En la liturgia de la Iglesia, el año nuevo es el día octavo después de la Navidad. Al poner el comienzo del año bajo el misterio de la Navidad, el tiempo queda iluminado y transformado. Sin la fe cristiana, nuestro calendario no es otra cosa que la medida de las rotaciones de la tierra: en veinticuatro horas, la tierra gira en torno a sí misma, y en trescientos sesenta y cinco días, lo hace en torno al sol. Día y año son algo mecánico y repetitivo; un círculo que no tiene ningún de dónde y adónde. Y la tierra realiza su carrera, prescindiendo del sufrimiento y de las esperanzas de los hombres.

            La fe cristiana ilumina y transforma el tiempo. Su unidad de medida no son los movimientos de los astros, sino las acciones de Dios, en las cuales Él viene a la humanidad, para darle su amor, su vida y su esperanza. Los dos grandes acontecimientos que proporcionan al tiempo un nuevo eje son el nacimiento y la resurrección de Jesucristo. A partir de estos hechos de Dios, surgen las fiestas  cristianas. Su repetición es algo totalmente distinto del discurrir circular de los días y los años. Es la expresión del inagotable amor de Dios que viene a nosotros en la acción del recuerdo.

            Así el comienzo del año en cristiano posee también un nuevo contenido: es la posibilidad siempre nueva de acoger o retornar a la bondad de Dios que se ha hecho carne y que nos da el poder de convertirnos en hijos de Dios si acogemos en la fe al Niño-Dios; es la posibilidad de vivir de nuevo a partir del amor de Dios. Con el nacimiento de Jesús, la historia de la humanidad ha entrado bajo la bendición de Dios. El Niño-Dios lleva nuestra historia humana hacia Dios y, por la muerte y resurrección de ese Niño, nuestra historia ha entrado en camino hacia el amor eterno de Dios.

            Feliz y bendecido Año Nuevo para todos.

XCasimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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